El Dragón Del Sol 29

Alberto


El aire movía tu cabello obscuro y tus manos lo contenían nerviosa. 

Los últimos rayos del sol te besaban el brazo izquierdo de forma sutil, como si la luz te pidiera permiso para posar su gloria sobre tu piel desnuda. 

Hablabas y tus labios de rocío me despertaban unas ganas descomunales de besarte. Olías a mango silvestre, sin maquillaje, sin tacones. Olías a zapatos de goma y falda de tela suave. Olías y el hogar de tu celeridad mental comenzaba a fragmentarse. Compartíamos una cuna de similares características y eso me gustaba. 

Seguías hablando y yo te seguía mirando como quien mira el océano por vez primera. Eso eras, yo nunca había visto el mar tan inmenso como se presentaba en ti. La eternidad de tu canto murió, desperté. 

Temeroso puse mi mano sobre tu hombro izquierdo, no sabía si era digno de tocar lo mismo que el sol. No sabía si era digno de tan siquiera mirar lo que Dios miró en ti cuando te creó. A pesar de todo lo hice, posé mi mano sobre tu hombro y te dije: te quiero. Sonreíste y en esa sonrisa me volviste parte de ti para siempre.

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