El Dragón Del Sol 28

Ricardo



“Ese hijo de puta no podrá molestarnos.”

La ayuda de Hector García le había caído como un juguete nuevo a un niño desamparado. Desde el día en que su hermana había hablado con el rector de Ciudad Cereza respecto al Dragón Del Sol, tanto Cecilia como él se sentían más seguros jugando al amor y las escondidas. A pesar del enorme miedo, le gustaba el riesgo y la adrenalina de amar a su hermana bajo la mirada de un genio maldito.

Ricardo y Cecilia hacían el amor siempre que podían. Cuando el frío les quemaba las entrañas y el primer rayo del sol los espiaba por la ventana. Hacían el amor sin prisa, de pie o acostados, sentados o acurrucados en el sofá. Hacían el amor callados, entre sollozos de algodón y lino rasgado. Hacían el amor como la geometría les daba a entender, alternando las distintas formas del cóncavo y el convexo. Lo más importante es que hacían el amor, mientras que con Tom Tom fingía ser el padre de su oquedad sensible e inocente. 

“Eres mi primera vez, Ricardo, por favor no me decepciones.”

Eso le había dicho Valeria la cuarta noche que pasaron juntos en Europa. 

“Yo jamás te lastimaría, suavecita.”

Suavecita era su apodo favorito para ella. Suavecita era y suavecito entró en su guarida sagrada. Sintió la cascada de su vibrar temoroso, la humedad y el chasquido del ariete atravesando el portón de su intimidad diminuta. Valeria no soltaba gemido alguno, silbaba como un pájaro libre conociendo el cielo por primera vez.

“Te amo, Ricardo.”

Susurraba despacio con cada contracción de su cuerpo.

Las cosas eran tan diferentes ahora. Cuidaba de su trofeo y alejaba a todo aquel que quisiera admirarlo. El espíritu libre de Tom Tom lo enfermaba, lo enfermaba saber que ella no daba la vida por nadie, que no amaba a nadie más con la misma intensidad de lo que se amaba a sí misma. Le molestaba su concepción de dos y no de uno sólo. Ricardo quería que ella concibiera su relación como a una misma persona, no como a un acuerdo de dos que compartían la vida juntos. Le molestaba Alberto, ese enano repulsivo que pasaba tantas horas con ella. Ese maldito enano que miraba a su novia como si nunca hubiera visto a una mujer en su vida.

En ocasiones lo saludaba, le apretaba la mano fuerte y le sonreía con hipocresía. Ricardo podía oler sus intenciones como un sabueso. Alberto la quería; y no sólo eso, la adoraba. Quintana podía ver el deseo dentro de los ojos marrones del chico, los ojos marrones más fríos que jamás había visto. A pesar de todo le divertía ser testigo de ese ritual, Tom Tom lo buscaba, sí, pero no le correspondía. Era como ver a un niño corriendo tras una cometa, tan inalcanzable y lejana. 

Porque más allá de los celos, más allá de lo mucho que le molestara que hablara con él, Ricardo tenía la certeza de que Tom Tom jamás se fijaría en alguien como Alberto.  La razón era simple: Alberto era demasiado perfecto para ella.