El Dragón Del Sol 27


Alberto


Ciudad Cereza se había convertido en una mampara de anuncios. El más grande colgaba del techo hacia la pared de la biblioteca principal. 

"¿Conoces a este sujeto?"

Los anuncios hablaban sobre la presencia de un ciber criminal en el Instituto. Héctor García había dejado muy claro que cualquier alumno que fuera descubierto apoyando al Dragón Del Sol sería suspendido.

"Todo esto es tan caótico que hasta resulta bello."

La gota que derramó el vaso fue la semana en que Héctor convocó a una reunión de seguridad a todos los estudiantes del campus. El nuevo protocolo era estricto, se habían instalado cámaras en puntos estratégicos, reforzado las barreras informáticas, duplicado los rondines en las noches y aumentado el personal que resguardaba la seguridad de los estudiantes. Para mí, todas estas nuevas medidas me parecían igual de ridículas que las anteriores.

"Intentan controlarlo, pero no se dan cuenta que es más grande que ellos."

Las cartas habían funcionado a la perfección. En promedio, recibía entre 10 y 15 solicitudes nuevas por correo electrónico. Las primeras peticiones eran sencillas, con el tiempo la complejidad de los casos se volvió mayor. Había mujeres abusadas que pedían mi ayuda, novias de narcotraficantes amenazadas, hombre desesperados al borde del suicidio y novios que resultaban tener una doble vida. Los alumnos me buscaban y no sólo ellos, también me contactaban profesores y madres angustiadas.

Mi vida era una marea de letras y confesiones, y en medio de todo ello estaba Tom Tom, con su sonrisa de niña alegrando mis días, limpiando la mugre incrustada en mi alma, el cochambre de mi espíritu podrido. Y me sentía culpable, me sentía culpable porque yo no merecía tanta bondad, no como la que ella me daba. No merecía su pureza estando tan sucio, mucho menos merecía poder mirarla a los ojos con los míos llenos de tantos secretos.

Ella no lo sabía, pero los jueves eran mis días favoritos. Era en esos días que salíamos temprano, caminábamos al parque y bebíamos té. Me miraba con sus ojotes cuando le explicaba algo que no entendía y yo la miraba como quien mira la obra más bella de arte. En ella todo era un arte sagrado, hasta la forma curiosa en la que arrugaba la nariz sin que ella lo notara.

Pero Tom Tom siempre aseguraba que no lo hacía.....

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