El Dragón Del Sol 25

Ellos



Nos amábamos mucho. Corríamos como dos locos por los jardines del castillo ante la obscuridad de la bóveda vaporosa. Nadie nos veía, nadie podía vernos en ese estado porque fue decretado prohibido. Tomabas mis manos con tus pétalos de porcelana blanca, me dabas alegría con tu sonrisa de encía y me besabas los labios con tus frutos de melocotón y manzana.

Llevábamos el pan a tu mesa. Mi padre insistía en que me instruyera en el oficio y solicitó al gremio mi educación. Tu padre nos quería bien, vivíamos con poco, pero no nos faltaba nada. El rey tampoco dejó de ver por nosotros, era bien sabido que su reino protegía bien a los panaderos.

Todos los días despertábamos justo antes del primer rayo del sol. Los molineros comenzaban su ardua labor en la frialdad de la madrugada y en los establos los caballos resoplan nerviosos. Preparábamos la masa y calentábamos el horno para alistar el almuerzo. Cuando la calma volvía a pintar de quietud el tiempo, nos escapábamos de nuestras faenas para encontrarnos.

—¿Me seguirás amando incluso después de ser desposada?

“¡Oh, Ameé! Aunque tu calor fuera ajeno mis garras te buscarían.”

Y era verdad. Te amaba. Ese era yo cuando la gota fría de tu boca tocaba la mía. Despertaba y tus brazos albos eran descubiertos por la raíz gélida del invierno. Te adoraba con tu cabello castaño travieso, el único cabello castaño de tu linaje. Me desmoronaba como un demente cuando despojaba el lino de tus caletas blancas y tibias. Me rompías con el sabor dulce de tus puntas turgentes, la mágica facultad de tu cueva duchada en el rocío de tu gozo.

“Escápate conmigo, oh, mi querida Ameé."

Me veías con tus fanales de caoba y reías como el viento que azotaba las paredes del castillo. No podías, eso asegurabas, era lo único que sabías, pero me amabas también. Me amabas también porque si no, no hubiera tenido sentido tanto riesgo. A pesar de todo, tu mano sería comprometida con él, con ese hombre al que no amabas y que debías complacer porque así eran las reglas del juego.

—Mi amado Corentin, es sabido que la naturaleza de nuestro pacto es abolido. Nuestra canción es baldada en todos los banquetes del reino porque es aberrante. La barbaridad de nuestro encanto no tendrá fin y por nuestra afición de tenernos seremos vencidos.

Pero te quería así, y fue justo esa noche antes de que tomaran tu mano que te juré el más grande voto.

—Mi amada Ameé, si en nuestro destino está el no pertenecernos, le pido a Dios nos cumpla en un reniego la ocasión de nuestra confluencia. Que las estrellas guarden en sus ocelos de plata la sinceridad de nuestro encuentro. Serán ellas testigos de la pujanza de este gran cariño y nos concederán la reyerta de amarnos en un futuro. Quizás nuestra reunión no esté en este futuro, quizás nuestro tropiezo será en distinta subsistencia. Lo único que sé es que la savia de tu crónica me volverá a encontrar en otra vida. 

“Oh, mi querida Ameé, quizás nos amemos legítimos en otra ocasión.”