El Dragón Del Sol 24

Alberto



—Me siento como una puta mandándote esto. 

Jorge Trejo era una muchacho de 19 años. Cursaba su tercer semestre de la carrera de biotecnología y corría en el equipo de atletismo de Ciudad Cereza. Cuando tenía 16 años creía que el amor de su vida jamás llegaría. Nunca fue considerado interesante, mucho menos bonito. Era un sujeto que al encontrarlo en la calle se volvía un bulto más de la masa social.

Tomé mucho tiempo en escribirle, la verdad no sabía cómo hacerlo sin que sonara (leyera) ridículo. Iré al grano, sospecho de Claudia. Claudia Carrillo es su nombre. Hace tiempo que las cosas no van bien, hablamos mucho y decimos poco. Cuando nos vemos me evita, no lo sé, actúa extraño y siento que sus ojos me ocultan algo. A veces me pregunto si sólo son cosas de mi cabeza, quizás hemos llegado a esa etapa en la relación en la que nos volvimos indiferentes; quiero decir, ¿es posible acostumbrarse a un persona?

No sé cómo funcione, no sé si sea real o no. Lo único que sé es que necesito su ayuda. Por favor, si sabe alguna cosa, póngase contacto conmigo. ¿Cree usted en el amor? Bueno, yo creo en Claudia.

Jorge.

Al día siguiente le llamé por teléfono. Pareció muy sorprendido al darse cuenta de que le había llamado, aun cuando nunca me dio su número.

—Dos semanas. Si tus sospechas son reales, debajo de la puerta de tu departamento aparecerá una carta con un código de rastreo. Si no lo son, aparecerá una caja de chocolate amargo dentro tu mochila.

Claudia Carrillo era arquitecta. Era una mujer deportista, entrenaba tres veces al día y aun así tenía tiempo para las clases y las tareas. No fue necesario seguirla mucho, aunque sería un error negar que era inteligente. Cuando acababa su rutina de entrenamiento, la chica se bañaba en las regaderas del campus, tardaba poco y no hablaba con nadie. Al terminar, Carrillo salía perfumada del baño y se dirigía a su clase de Instalaciones y sistemas alternos. Dentro del salón se sentaba junto a Marco Gutierrez, un sujeto peludo y grueso. Hablaban poco, lo que me parecía extraño, sobre todo porque sus saludos solían ser peculiares.

En sus conversaciones por WhatsApp, Facebook, etc, no había nada extraordinario. Fotos comprometedoras, sí, con su novio, las borraba y luego se mandaba todo el historial por correo electrónico. Visitaba Pornhub una vez a la semana, leía pdfs, veía videos de gatitos y memes. En resumen, nada fuera de lo normal, aunque había algo curioso: la conversación con Marco. 

La conversación con Marco se abría y se cerraba, comentaban sobre proyectos y fiestas, a veces sobre conocidos que les caían mal. Lo curioso era que nada de eso cuadraba, la conversación no fluía con un ritmo creíble. Todas las conversaciones del mundo tienen un hilo conductor, tienen ritmo y reciprocidad, temporalidad y cadencia, esta no la tenía y era singular.

Algo que era incluso más raro, eran sus interacciones físicas. La chica sonreía de lado y alzaba las cejas cuando saludaba a Marco, señal de picardía. Cuando se daban el beso, ella besaba al aire y él una parte de su mejilla, señal de rechazo. Finalmente, cuando se despedían, Carrillo movía los ojos hacia abajo y a la derecha como si tuviera un diálogo interno, señal de análisis, quizás de posibles consecuencias. Ante estas sospechas, hice uso de mis recursos más poderosos.

Grabación en tiempo real. La grabación en tiempo real es una técnica relativamente nueva.  Lo usaba en ocasiones cuando me volví director de la agencia de Salvador. Básicamente, consiste en hacer uso del micrófono y la cámara de un smartphone para enviar datos a un servidor al instante. Esto quiere decir que la cámara y el micrófono del smartphone se vuelven tus oídos y ojos. No sólo eso, la grabación en tiempo real también permite capturar la pantalla del usuario. Con esta artimaña puedes ver todo lo que la víctima hace mientras tiene conexión a la red, ya sea móvil o Wifi.

El problema era Apple. A partir de que la compañía supo de esta vulnerabilidad se aumentaron los protocolos de seguridad en todos sus dispositivos. A pesar de todo, había una solución para mi problema: Jailbreak. Fue sencillo, tan sólo tuve que inyectar los paquetes de Jailbreak remotamente en el celular de Claudia.

Lo descubrí todo, su mentira fugitiva se presentó ante mí como un cobarde sin rumbo. Claudia Carrillo creía que borrando las conversaciones se ocultaría de cualquiera; por desgracia para ella, yo no era cualquiera.

—Me siento como una puta mandándote esto.

La chica y Marco Gutiérrez practicaban sexting a esas horas en las que mi ojo vigilante no podía mirar. No sólo eso, también se veían a escondidas entre las 4 y 5 de la tarde. Carrillo le juraban amor ulterior a Jorge, y Marco, por su parte, se conformaba con hacer uso de ella cada que quería.

Pero fue el perfume, fue el perfume lo que realmente me llevó a todo. Porque a pesar de que Claudia era una chica limpia, sólo se perfumaba antes de su clase de Instalaciones y sistemas alternos. Y sentía culpa, por eso se incomodaba cuando se veían en persona y trataba de evitarlo. Carrillo era cuidadosa y eludía que los vieran juntos en público. 

Ese día, por desgracia, Jorge no encontró una caja de chocolate amargo dentro de su mochila. El código que había recibido en la carta postal descargaba una carpeta con capturas de pantalla, logs, notas de voz, videos y ubicaciones GPS del celular de Claudia. Esa misma noche, dando vueltas en la cama y empapado en sudor, el muchacho se debatía consigo mismo el perdón de Claudia. Pasaron las horas y me buscó de nuevo. Esa misma madrugada nos reunimos en la azotea del edificio del arte.

La infidelidad es un término hípercodificado, Jorge, significa mucho sólo para un determinado número de personas. Es una expresión con diversas catástrofes morales que han contaminado su verdadero significado.

Jorge me miraba con sus ojos de cobalto al rojo vivo. Abría la boca sin decir nada y respiraba con dificultad. La obscuridad de la noche atosigaba la luz de las estrellas del cielo y el único destello brillante era el resplandor de los faroles de Ciudad Cereza. El chico se sentía aterrado por mi presencia, podía ver sus ojos que evitaban el peso de la máscara plateada. 

—¿Entonces qué debo hacer?

“Él no tiene la culpa de no entender estas cosas.”

—Te diré algo, Jorge, la fidelidad en un relación amorosa tiene más peso humano que moral. Dejemos de pensar en ella como una cuestión política. Dentro de todo, una relación es un pacto, es un contrato de afectividad emocional y sexual. El engaño es eso, una falta al pacto afectivo y sexual. Es la ruptura en la intimidad del ideal de pareja, porque después de todo, lejos de si está bien o está mal, ¿a quién le gusta comer de un plato con saliva de otras personas?

“El amor, Legaspi, es un consenso entre dos personas que se tienen cariño.”

Al día siguiente, Jorge no volvió a besar a Claudia.

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