El Dragón Del Sol 23

Tom Tom



“Llévame a ver a las ranas azules”.

Alberto le había contado sobre esos hermosos animales que se encontraban entre Surinam y Brasil. Las ranas azules eran un espectáculo maravilloso, su tronco era una gelatina de añil que radiaba como una camisa de viscosa o poliéster. Su pequeño cuerpecito no era del todo azul, no, sus patas se pintaban de un tono pardo opaco; y su espalda, se manchaba con bolitas disímiles de negro ónix. Le había hablado del cortejo de la rana terrestre de Surinam, de cómo el pequeño rano llamaba a la rana posado sobre la hoja de un árbol. El joven le cantaba a su princesa desde el escondite del árbol y le soplaba como un zumbido de abeja esperando la respuesta en el eco de las lluvias de marzo. En su canto de anfibio, la princesa se aproximaba hacia él y le acariciaba la espalda con las patas delanteras.

“Es una obra de arte”.

Él concordaba con ella, pero también le dijo de la verdad que escondían sus corazones; y es que, el macho azul era un ser diurno, pero solitario. Rara vez se le veía en compañía de otro anfibio, aunque también le había dicho que las ranas no eran amigas; no, las ranas no eran amigas porque eran excelentes amantes. Era eso y los antropófagos.

—Los renacuajos son caníbales, hay que separarlos o se comen unos a otros.

Y a veces su rana también le escribía poesía, le hablaba de músicos, de locos y devoradores del alma. Azul como ninguno le cantaba en las noches, le hacía preguntas en la bóveda y la llamaba su “bonita”. 

“Soy su bonita, soy su ranita azul, pero yo no puedo acariciarle la espalda con mis patas delanteras”.

La diferencia era él, él que no era una rana azul, sino un búfalo convertido en oso. Él era un bestia y muchas veces se lo decía, pero Alberto no lo era, Legaspi era como un espejo de años, un frasco de tinta china que la manchaba, y al hablar con él se sentía sucia, se sentía sucia porque con él sonreía como no lo hacía con la bestia. Y había muchas cosas de Alberto que le causaban intriga, por ejemplo, el porqué vivía en un hotel, la comodidad de su cochecito blanco, su olor a bergamota y limón cada vez que lo abrazaba. 

“No me gusta, no puedo corresponderle, no siento nada más que una amistad por él…”

Pero en el fondo nada sabía. Tom Tom quería a Alberto de una forma profunda y espiritual, lo quería, le encantaba estar ahí y saber que él estaría con ella siempre. Sentía el inmenso cariño de Alberto como un brazo protector, como el cariño más cándido e inocente que le incendiaba las entrañas. 

“Conecto contigo como con nadie lo hago.”

Sin embargo no estaba segura si sólo se trataba de una conexión, y a pesar de los gratos momentos que tenía con Alberto, había en algo en él que era tóxico. Su relación, en resumen, era extraña y ponzoñosa. Dolía, dolía sin saber por qué, dolía porque existían perfectos en tiempos desiguales, dolía porque en el fondo desearía que el chico hubiese llegado antes. A veces Tom Tom lo decía sin hablar, lo decía entre palabras sin atreverse a expresarlo. Y muchas veces dudaba de su relación con Quintana, se veía en el espejo reparando lo extraño que era y pensaba en su ranita azul.

“Ricardo y yo fingimos hablar, pero nunca hablamos de la distancia que cada día nos separa más.”sus amigas no sabían de ello.

Ansiosa jugaba con la carta que tenía en las manos. Valeria creía en la lealtad, pero su concepto de infidelidad iba más allá del simple engaño. Ella creía en Quintana, creía en él porque Tom Tom no era una persona celosa o desconfiada, pero a veces la incertidumbre se sembraba en su pecho. Había guardado la carta por un impulso inconsciente de sospecha, por la duda arraigada que en el fondo temía. No sólo eso, varias veces había visitado el sitio y se quedaba allí por minutos pensando si debía hacerlo o no, finalmente sonreía y cerraba el navegador.

“Soy una tonta. ¿En qué estoy pensando?”

El Dragón Del Sol había aparecido en un momento clave en su vida, no creía en las cosas malas que decían de él, por el contrario, creía que era una especie de héroe moderno. Cuando encontró la carta, su corazón palpitó con fuerza, lo primero que hizo fue contarle a Alberto, quien le respondió que sólo se trataba de un aficionado al cine de Hollywood. Con Cecilia no lo había hablado y con Ricardo creía que no era prudente. Los días pasaban y el sol brillaba más fuerte, Ciudad Cereza demandaba más, siempre era así, lo que cambiaba era su perspectiva de las cosas. El fin estaba cerca, el fin de su vida académica como la había conocido, el final de una etapa que le había regalado risas y lágrimas.

Recordaba esas tardes abrazada por los brazos de Ricardo, recordaba sus besos. Recordaba verlo entrenar americano en el campo verde de la universidad. Su barba obscura que le picaba las mejillas y su sonrisa de niño. Lo recordaba iluminado contra la luz del sol, corriendo tan fuerte, agitando los brazos y su piel cobriza. Ricardo la besaba, sentía sus manos fuertes aferradas a su cintura, le encantaba, le encantaba sentirlo tan fuerte, tan suyo, pero no de él. Y más allá de todo, revivía a aquel adolescente tan encantador que había conocido en la preparatoria, aquel que le hablaba de música y de datos curiosos, de los resultados de la NFL. Se había enamorado de ese joven amable y lo olía tan dentro de ella cada que usaba el jersey de los Steelers que le había regalado. 

“¡Oh, Ricardo! Tú y yo somos harina de otro costal.”

Pero si en verdad lo quería a él, a él que era tan respetuoso y tan noble con las mujeres…. si en verdad amaba a ese hombre que tanto cuidaba a su hermana y a su familia, entonces, ¿por qué?, ¿por qué diablos no podía dejar de pensar en Alberto?

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