El Dragón Del Sol 21

Lucía


Alberto siempre había sido una persona desafiante. Desde que era niño se las ingeniaba para que las cosas salieran a su modo; por ejemplo, en los juegos de mesa. Cuando era adolescente, como todos los adolescentes del mundo, luchaba por cumplir sus ideales y nunca permitía que nadie le dijera que no podía.

"Eso lo ha heredado de mí."

La verdad era que su interés por la investigación se despertó a muy temprana edad. Cuando tenía 13 años, Alberto veía todas las series de detectives y espías que se transmitían en la televisión, no había ni un sólo día en que no las viera. A pesar de todo, Lucía jamás creyó que fuera algo de qué preocuparse. 

"Es sólo una etapa. Seguro se le pasará después".

De lo que había que preocuparse era de sus repentinos ataques de ansiedad, de cómo a veces le faltaba el aire, de cómo en ocasiones se desmayaba y desfallecía. Había que preocuparse de cómo a ratos se despersonalizaba y decía que no era él. En esos momentos de crisis, el chico lo repetía varias veces: Esto no es real, nada de lo que vivo es real, es sólo un sueño y yo estoy en piloto automático”.

No obstante, con todo y su mal psiquiátrico, el chico continuó desenvolviéndose en el medio durante todo ese tiempo; hasta que al cumplir 15 años, todo cambió. Fue por aquellos días cuando conoció a Salvador Goretti, su profesor de matemáticas, quien le llenaba la cabeza de sueños e ideas. Goretti decía dedicarse a la investigación privada y aseguraba ver un talento natural en el chico.

“Talento natural mis polainas”.

Pese a sus intentos de evitar que su hijo se relacionara con ese sujeto, Legaspi siempre se las arreglaba para aprender con él. Todas las tardes saliendo de la escuela el joven se reunía en la oficina para que le instruyera. Goretti le enseñaba de técnicas, de razonamiento lógico, de relaciones, y rompecabezas, de sofisticados lenguajes de programación, redes, psicología y lectura de rostros.   La vida pudo haberse quedado así, Alberto en su custodia, su niño bajo sus brazos protectores, pero tarde o temprano su espíritu libre lo llamó.

“Por favor no te vayas.”le dijo cuando Alberto le habló sobre sus planes de mudarse a la Ciudad De México.

Le había contado de la posibilidad de una beca en Ciudad Cereza Central, de un trabajo bien pagado en la agencia de Salvador y de un futuro brillante por delante. Lo que no le había contado,es el cómo aprendería a vivir con su trastorno mental.

“Sólo tienes 18 años, padeces un enfermedad psiquiátrica y no sabes cómo manejarla solo”.

Pero Salvador le ayudaría. Seguía tomando los medicamentos y se estaba sometiendo a un arduo entrenamiento mental, eso le había dicho su hijo y no había razón para desconfiar de él, sin embargo, no podía permitir que lo apartaran de su lado.

“Por favor no te vayas.”

Y nada pudo hacer, con 18 años y maleta en mano, Alberto partió en busca de su futuro. Pasaron los meses, meses en los que el chico sólo se comunicaba una vez a la semana con ella, meses de angustia y desesperación. Días en los que despertaba de nuevo, cansada, harta, sin sus dos luceros que le dieran vida, hastiada de un hombre que ya no quería y que ella ya no amaba.

“Quizás si pudiera…”

La idea comenzaba a hacerse más recurrente; y es que, si había alguien a quien agradecerle su divorcio con Alejandro, era a Alberto.

“Necesito que seas discreto.”

Y Alberto tenía razón. A esas alturas de su vida lo único que buscaba eran pretextos para zafarse de su esposo, no necesitaba motivos, motivos existían, y de sobra. Al final, Lucía no había descubierto nada que no supiera, pero había obtenido piezas que le dieron valor para tomar la decisión que tanto había aguardado en tomar.

Las horas pasaron y el tiempo se volvió una masa fría y negra. El verano tocaba su punto más alto y el invierno le pisaba los pies como una alfombra de terciopelo. Lucía estaba fuera del juego y Alberto desaparecía más cada día que pasaba. Llegó el momento en el que no supo  nada más de él, su hijo se volvía un completo extraño, un ente distante que formaba parte de su cuerpo, pero que no conocía. Jamás lo había visto de ese modo, así, hasta que lentamente Alberto se convirtió en un ser frío y carente de luz. Después de eso no supo de él un año entero.

“Es él. ¡En verdad es él!”.

Había recibido el mensaje dos días después de año nuevo. Estaba sentada en la silla metálica del balcón de su cuarto. Lucia miraba el sol ocultarse sin vida, como una gota que mira el último rayo de la canícula del sol, una mancha que cae en un abismo de espejismo húmedo y vacío.

“Mi hijo, mi luz del amanecer, mi niño. Me quiere, está aquí y me quiere.”

Estaba en la ciudad, Alberto estaba en la ciudad y quería verla, quería hablar con ella. Por un momento volvió la luz a su vida, el cielo de Querétaro volvía a iluminarla con sus contraste de anaranjado y nubes espesas.

—Te extrañé, siempre lo hice, no hubo momento en que no pensara en ti. Eres mi madre y ese es el único lazo en la vida que permanece eterno.

“Yo sé que lo hiciste mi niño”.

Y quería saber, quería saber el porqué había desaparecido, el porqué de pronto se había olvidado de ella sin previo aviso.

Alberto la miró con lágrimas en los ojos. Tomó sus manos en una caricia que reflejaba arrepentimiento, enojo y tristeza.

“Se ve tan diferente, tan vacío y tan atormentado”.

Fue por un instante en que Lucía volvía a estar viva. Volvía a estar viva en esa caricia, en ese abrazo de manos que su hijo le daba después de tanto tiempo. Ella volvía a estar llena mirando los ojos marrones de Alberto. Estaba viva y deseaba eso por toda la eternidad, pero cuando el muchacho habló, el corazón de Lucía volvió a crisparse como un vidrio que cae al suelo.

—Madre, he matado a una persona.

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