El dragón del sol 15

Alberto y Salvador

Fotografía: Estefanía González

Las azoteas son lugares curiosos, son el mal necesario de todos los edificios. Estas pequeñas o en ocasiones, "grandes terrazas", nos permiten ver la ciudad desde una perspectiva a la que no estamos acostumbrados. La visión; según el espectador, podría ser buena o mala, deficiente o impactante. A veces podría observarse como una ciudad grande y luminosa, en otras ocasiones, tan sólo un montón de carros, camiones, peatones, y calles en mal estado que el gobierno no se digna a reparar.

"Desde aquí todo se ve tan limpio."

Alberto Legaspi miraba Querétaro como una maqueta de construcción, desde la azotea del "edificio del arte" de la universidad más grande de la ciudad, Ciudad Cereza. Salvador estaba a su lado, ambos recargados sobre el barandal azul que rodeaba el perímetro de la terraza.

—¿Cuántas son? —preguntó Salvador.

—Mil quinientas.

No había sido difícil elaborarlas, mucho menos encontrar a un impresor que estuviera dispuesto a fabricarlas con tal de que la paga fuese generosa.

—Es un buen número, me intriga saber qué harás con ellas.

Las tarjetas de presentación, así como los espejos, son reflejos de todas las entidades que existen. Suelen ser la materia prima de los vendedores, de los pequeños comerciantes y de los empresarios. Su creación no es una tarea sencilla, no, las hay en distintas formas y tamaños, colores y tipos. Las del Alberto eran cartas, cartas y un sencillo, feo, pero útil sitio web que no había tardado más de una hora en desarrollar.

El muchacho le extendió una de las cartas a su antiguo mentor de la adolescencia.

—El contenido de esta carta podría abrirte los ojos.-leyó Salvador, después se aclaró la garganta y continuó.-El dragón del sol, detective digital. Ilumino el rincón más obscuro de la privacidad ajena. Análisis del entorno, acceso a cuentas sociales, intervención de teléfonos móviles y seguimiento discreto.

Las cartas estaban selladas dentro de un sobre, la estampilla que lo cerraba tenía la forma de un dragón negro. Salvador revisó cada parte de la carta con detenido cuidado, finalmente, una sonrisa se dibujó en el rostro del hombre calvo.

—¿Y cómo las repartirás?

Alberto arqueó una ceja.

—Las pondré en todos lados, casilleros, mochilas, coches, baños, puertas....en todo lugar en el que un estudiante podría estar.

—Si alguien la encuentra y resulta tener aires de rectitud, podrían informarle al rector.

Legaspi sonrió.

—Héctor García, ya me encargaré de ese cabrón. No lo dudes ni un poco, Salvador, me aseguraré de que Ciudad Cereza no vuelva a hacer el mismo lugar.

Goretti lanzó una fuerte carcajada.

—Recuerdo cuando tenías dieciséis años, estabas todo flaco e impaciente por aprender. Te emocionaba saber del tema y eras tan obstinado. No puedo creer que las cosas no hayan cambiado tanto. Dime,¿estás seguro de todo esto, Alberto?

Legaspi miró hacia bajo como si buscara las respuestas en algún lugar.

—Lo estoy.... la pregunta sería...¿tú lo estás?

Salvador no dejaba de sonreír.

—Eres el detective más joven del mundo y soy tan responsable por eso. Yo siempre estoy listo, Alberto, y creo que ha llegado la hora de que el dragón del sol despliegue sus alas sobre toda esta porquería.

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fotografía: Estefanía González