El dragón del sol 14

Tom Tom y Alberto



Un toque de cometa y locura motorizada al sol. El Volkswagen 69 azul cielo de Tom Tom, era testigo de gran parte de los eventos de su vida. Caluroso, dotado de aire acondicionado y un estéreo con auxiliar para el móvil, lo llevaba a todos los lados (o al revés) y a pesar de los celos, en ocasiones Valeria le permitía a su novio manejarlo. "Trátalo como me amas a mí", le decía la chica cuando salían al cine o a cenar a algún restaurante de la ciudad.

Y como todos los buenos amigos, conocía sus mejores y sus peores momentos. Había testificado su graduación de la preparatoria, la noche en que Ana lloraba desconsolada dentro del carro porque su novio la había terminado en la fiesta. Por aquella época, cuando Quintana no era más que la sombra de un mejor amigo, fue testigo del pastel de cumpleaños que le regaló. A falta de espacio, el pastel de chocolate amargo -su favorito- fue a parar al asiento del copiloto; en donde, inevitablemente, debido al mal estado de las calles de esta ciudad, terminó hecho un desastre. También fue testigo de la primera vez que Ricardo le dio un beso, estaba nerviosa y sentía que las piernas le temblaban. Por supuesto, también supo de sus primeras discusiones y de las tardes cuando devastada regresaba a casa, llorando al compás de alguna de sus canciones favoritas. Después del llanto se estacionaba una cuadra antes de llegar a su hogar, soplaba aire caliente en la manga de su suéter y se la colocaba en los ojos para disminuir un poco la irritación. Lo siguiente era más fácil, se trataba de pararse ahí, en frente de su propia familia y arquear una maravillosa sonrisa mientras que por dentro se desgarraba.

—Me llegó con una arreglo de flores, no pude decir que no. Tenía todo el ambiente espectacularmente preparado afuera de mi vocho.

A veces el limitado portaequipajes funcionaba para transportar su patineta favorita, aquella que tenía una salchicha pintada en el deck y que alguien a quien no recordaba le había regalado. Otra veces era suficiente para colocar su talega roja, las zapatillas y sus zapatitos deportivos.

—Quizás al comienzo tenía la incertidumbre, pero ahora todo es más claro. Él es la única persona con la que puedo conectar de ese modo, no lo sé, simplemente no me puedo imaginar teniendo una relación con alguien más.

Alberto la miraba y negaba con la cabeza.

—¿Esa fue tu razón?  ¿Qué hay de estar enamorado?

Para Legaspi, Tom Tom era un acertijo que no podía resolver. Todo en ella era un misterio, la forma en que hablaba y se movía, las preguntas que hacía al responder y las respuestas que daba al preguntar. Era eso y su extraña relación con Quintana, a quien rara vez abrazaba o besaba. Incluso había pocas fotos de ellos en las redes sociales, pocos halagos y nulas respuestas en los comentarios que su novio le publicaba. Valeria era una dualidad de ausencia y presencia, una marea de desconcierto y ternura.

Solían caminar juntos por los amplios pasillos y jardines de Ciudad Cereza; a pesar del poco tiempo que llevaban de conocerse, Alberto y Tom Tom tenían una serie de rituales perfectamente establecidos. Todos los días, antes de iniciar la clase que compartían, compraban una de aquellas bebidas espesas que preparaban con tapioca. Era dulce verlos sentados en las sillas de rejillas azules, jugando en la bóveda y tratando de detener el tiempo en sus manos.

—No considero que la cordialidad tenga tintes de hipocresía. Podría ser amable con la persona más detestable del planeta y aún así seguir creyendo que es un cretino.

Al finalizar la clase, Tom Tom y Alberto salían como luciérnagas sobre el manto de la noche. La mayoría de las veces hacía frío y las únicas luces que tenían para poder ver en la obscuridad eran los faros que se encontraban a los extremos del paso peatonal. Había ocasiones en que las que Tom Tom, curiosa, caminaba sobre las boyas amarillas del estacionamiento. Primero pisaba sobre un pie y luego sobre otro, y así, con cierto aire infantil, simulaba andar sobre una cuerda floja. Cuando perdía el equilibrio, sonreía y miraba a Alberto con dulzura.

—A que no puedes hacerlo mejor que yo.

Otras veces se resguardaban del frío dentro del vochito de Tom Tom. Como no tenía techo solar, se las ingeniaban para mirar las estrellas a través de la ventana, una tarea que resultaba incómoda después de un rato. En esos particulares momentos y como a todos los jóvenes del mundo, les gustaba imaginar cómo sería su vida dentro de 5 o 10 años.

—Veo un sombrero y un paraguas sobre la puerta de tu departamento. Los zapatos del día dentro del clóset y las huellas dentro de la habitación. Veo el sol sobre tu rostro y tu cámara en mano, estás tomando fotos por todo el mundo a lado de un hombre gentil. Dios mío......he visto algo hermoso, eres tú con un pedazo de cielo y un anillo en la mano. Te ves feliz y sin miedo capturando estrellas fugaces por toda Florencia.

—¿Por qué Florencia?

—Me parece un buen lugar para tomar fotos. ¿Y tú? ¿Qué ves en mi futuro?

Ahora sólo restaba quedarse así, los dos adentro del vochito escuchando a Marcelo Camelo hablar sobre un mar de perlas. Sólo bastaba quedarse así como un abrazo en el viento, implorando que la noche no acabase y que el coche siguiese impregnando La Petite Robe Noire  del cuello de Tom Tom. 


A cidade não se cansa de te ver dormir.

Y así era, y podría serlo para siempre si lo querían, pero finalmente la noche llegaba a su fin y el vochito de Valeria volvía a ser testigo de otra noche maravillosa.

—¿Tu futuro, Alberto? Veo un dragón de fuego sobre la obscuridad de la noche.

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