El dragón del sol 13

Cecilia y Ricardo



La habitación era cálida y el aire terso expedía un olor dulce como el atardecer de la playa. Había un sofá gris, una caja de gozos y sugestiones perversas que los mermaban. El sillón era cómodo para una sola persona, pero cuando dos lo ocupaban era como el paraíso en abril. Y así se sentían Cecilia y Ricardo, acurrucados y rodeados por el manto de los brazos mientras disfrutaban de algún seriado en la televisión. La chica estaba recostada, Ricardo la abrazaba por detrás de la cintura tan protector, como dos manos ansiosas que sujetaran la taza más preciada de café. De vez en cuando Cecilia reía, Quintana la secundaba y ambos terminaban riendo a carcajadas.

Era su vicio....le encantaba el olor de su pelo cenizo y rubio, lacio como el piso encerado. Se deleitaba hundiéndose en la marea de su cabellera y deslizarse delicadamente hasta su cuello blanco, suave, tan excitante al besar y tocar. Más de una vez sus manos recorrían lentamente el abdomen de su hermana en un roce sedoso y disputado, una caricia suave que descubría su cuerpo por debajo de la blusa. Cuando llegaba hasta el cobijo de sus senos, el chico los apretaba con ternura, Cecilia se estremecía y se apretujaba contra Ricardo. Aun con la ropa encima, la chica podía sentir la virilidad ardiente de su hermano en extremo frenesí, el arma despiadada que le apuntaba la base del cuerpo.

Mientras los ojos de Cecilia brillaban por el azuloso reflejo de la televisión, su hermano le besaba con ardor la piel de los brazos. Hubo un momento en que Cecilia se apartó.

—Ahora no, guapo.—dijo Cecilia.

Pero el muchacho continuó besándola por donde podía.

—¡Carajo, Ricardo! ¡No quiero! ¿Eres estúpido o qué?

Ricardo habló entre dientes.

—Soy un estúpido que te ama.

Su hermana lo miró. Sus ojos color miel se balanceaban crujientes.

—¿Me amas?—preguntó la chica.

Ricardo sonrió.

—Eres todos mis soles, mis estrellas....la divinidad de mi infierno.

—Querrás decir nuestro infierno, ¿no?

Cecilia le dio un beso tierno y recargó la frente en la de su hombre.

—¿Por qué andas con Tom Tom?- preguntó con una voz no exenta de cariño.

Hubo un largo silencio. Ambos se miraban en una simetría de espejo y reloj, en una relación de supeditación perpendicular y convexa. Ellos eran uno a través de la frente, el pecado unido por el anverso de la moneda social.

En su cabeza, Ricardo hacía un enorme esfuerzo mental por concentrarse. ¿Qué? No sabía decirlo con exactitud. Tom Tom era como un surco negro que rasgaba el cielo, una ventosa afilada que riscaba la naturaleza de sus convicciones y sueños.

"Es el deseo de tenerla a mi lado."

Valeria era la materia prima que nacía para consolarlo. Su cobertor, la sábana clara sobre su cuerpo ensangrentado, estriado y sucio.

—Mi relación con Tom Tom es compleja.—dijo finalmente.

Pero eso no bastó para Cecilia.

—Puta, ¡qué gran respuesta, wey! ¿Qué es lo que pretendes?, ¿por qué no dejarla?, ¿la lastimas a propósito?

—No. No quiero, no puedo. De alguna manera siento que la admiración y el respeto nos engañan de amor.  No sé, Ceci, creo que la quiero porque no logro definirla. La quiero y no pienso cambiarla por nadie.

—¿Ni siquiera por mí?

Ricardo hizo una mueca. 

—¿Qué quieres? ¿Que la deje y nos casemos? Ni siquiera es legal. Te amo, Cecilia, y amo estar dentro de ti, pero nuestro amor no es siquiera concebible, no en un mundo tan moroso. Somos la manzana de la discordia, lo sabes, ¿no? No tenemos futuro porque ni siquiera existimos, somos una entidad enferma y perversa. 

Cecilia se recargó en el regazo de Ricardo. Su hermano le acariciaba el cabello. Ella, con los ojos clavados en el cielo raso, pensando en la abominación del futuro.

—Nuestros hijos serían monstruosos.- dijo la chica.

Ricardo soltó una risita burlona.

—Seguro es porque heredan tu cara.

Su hermana le dio un pellizco en la pierna,

—Eres un imbécil, Ricardo.—dijo la joven esbozando una sonrisa.

El muchacho de barba hirsuta besó a su hermana. Su humedad, su calor y su sabor hizo que volviera la sangre. Su hermana parecía no darse cuenta de ello.

—¿Qué pasará con nosotros, Ricardo?

—¿Nosotros? No hay nosotros.

Cecilia arqueó las cejas.

—Sabes a qué me refiero.

Ricardo se encogió de hombros.

—Con suerte dejaremos de compartir la misma sangre. Tú serás mi esposa y el mundo nos parecerá diminuto. Viviremos en una casa en un bosque de Canadá. El frío será tu delirio y el calor de mis brazos tu salvación. No habrá nada ni nadie que pueda cuestionarnos, ni siquiera Dios.

"Con suerte estaremos muertos".—pensó la chica.

—Es un pensamiento muy dulce de tu parte, pero ambos sabemos que nuestro destino está en las llamas imperecederas de Satanás.

—No hay infierno que podamos compartir. El infierno sería no estar juntos.

El silencio los envolvió. Por un momento todo era ese instante, sólo ella y él contra el mundo tan aberrante. Su deseo, nada más trémulo que el capricho de besarse allí, refugiados en su fortaleza  de ilusiones y ensueño, pero un elemento les volvió a recordar la realidad como un balde de agua fría, como un golpe mortal. 

Alguien llamaba a la puerta y no había necesidad de preguntar, Ricardo lo sabía: era Tom Tom.

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