El dragón del sol 12

Tom Tom y Alberto



Las sillas azules y rosadas eran como islas índigas que se alzaban en el estrépito del quehacer académico. Tom Tom movía los ojos curiosa, izquierda y luego derecha a través de la pantalla de su computadora. Arrugaba la nariz de vez en cuando, y un ímpetu danzarín se apoderaba de ella cuando escuchaba la música de fondo de la biblioteca. Alberto la miraba con ternura y se le iluminaba el rostro  cada vez que Rivadeneira hablaba.

—A ver.- dijo Valeria. -El inciso "a" ya lo respondimos. El inciso "b", dice, ¿es ético no revelar las fuentes en una investigación periodística? 

Alberto la miró pensativo.

—Depende de la situación.- respondió-.Si la fuente pudiera estar en peligro, es ético que su informe permanezca en el anonimato. Por otro lado, si realizáramos una consulta de datos, es un deber moral informar de dónde se obtiene la información. No podemos adueñarnos de discursos ajenos.

Tom Tom asintió.

—Un inciso más y terminamos.

Legaspi sonrió.

—Pero primero un descanso, llevamos 20 preguntas de 3 incisos cada una. Nos merecemos un tiempo ¿no? ¿y si jugamos en la bóveda?

Tom Tom hizo una mueca repleta de ternura. 

—Pero sólo cinco minutos.

Alberto apartó la laptop de sus piernas y se recostó sobre el sillón fucsia de la biblioteca. Al notarlo, Valeria lo miró con desaprobación no excenta de cariño.

—No podemos recostarnos en los sillones. Está prohibido.

Legaspi soltó una risita.

—Tom Tom, la chica que no rompe una regla.

Valeria Rivadeneira se enfureció.

—No me conoces. No soy tan inocente como crees.

—¿Entonces sí rompes las reglas?

—Who knows?

Al decir esto, Valeria se recostó en el sillón rosado en el que se encontraba. Legaspi y Rivadeneira quedaron cabeza contra cabeza, separados apenas por unos centímetros de distancia de sus respectivos sillones.

Hubo un silencio, un momento tan nítido que aun sin emitir palabra alguna los chicos podían leer sus pensamientos.

—Empieza.- dijo Valeria.

—Si tuvieras un súper poder ¿cuál sería?-preguntó Alberto mirando al techo, pero refiriéndose a Tom Tom.

La chica respondió casi al instante.

—Controlar el tiempo. No me refiero a viajar solamente, sino controlarlo en todo su espectro. Manipularlo, destruirlo, retarlo. Cambiar el pasado, el presente y revivir momentos gratos. Alterar los próximos días.....

Alberto arqueó la cabeza hacia atrás en un inane intento de mirar a Tom Tom.

—Yo hubiera dicho lo mismo. Aunque me pregunto si aun modificando el tiempo podríamos evitar que ciertas cosas pasaran. ¿Es posible evitar lo sucedido? Quién sabe...quizás las cosas suceden por el simple hecho de que tienen que ocurrir. Creo que es tu turno de preguntar algo.

Rivadeneira suspiró. Para Alberto, un suspiro de Tom Tom era como el silbido de Dios. Era como si toda la energía del universo se alimentara de su aliento, siendo vástago de su voz y su serenidad.

—La vez pasada yo pregunté más que tú, creo que es justo que preguntes de nuevo.

Un silencio se hizo presente.

—¿Le tienes miedo a la muerte?—preguntó el chico.

Rivadeneira contorsionó la cabeza para mirar a Alberto. Sus ojos color cacao jadearon un destello ambarino que penetró los del joven.

—No, porque no creo en la muerte.- respondió.

Legaspi se incorporó para volverse hacia ella.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a que no creo que el alma humana muera. Yo creo que renace y reencarna, y que ha sido así desde los primeros hombres. Morir y renacer, para mí es un ciclo, un ciclo perfecto.

Alberto sonrió.

—Interesante. —dijo con ternura—. ¿Tienes alguna pregunta?

Tom Tom asintió mientras que Alberto volvía a tenderse sobre el sofá rosado.

—¿Alguna vez has querido hacer algo que no debes?

—Siempre. Dejarlo todo, cometer errores y olvidarme del mundo.

Alrededor suyo había una parvada de estudiantes que los miraban con el rabillo del ojo. Algunos negaban con la cabeza, mientras que otros se sumergían en la densa labor estudiantil. Afuera era el mundo que se engrandecía, poseedor de una cinética que no cesaba y que emergía de las voces, los cotilleos, las miradas y el juego disperso que interpretaba la gente sin conciencia alguna. El orbe los envolvía en una algarabía de luces intermitentes, una columna de manecillas que oscilaban con exactitud, con reglas y normas en un vaivén eterno. Por dentro eran Tom Tom y Alberto, ambos en un confort casi pueril, un placer estático con infinitas posibilidades, colores y texturas. Eran sólo ellos dos con su verdad ante el mundo, carentes de prisa y con las manos llenas de luz. No había nada más que eso. Rivadeneira que mirara a Alberto como si nunca lo hubiese visto y Legaspi que absorbía el aura de Tom Tom para mantenerse con vida.

Después de unos instantes. Valeria se incorporó sobre el sillón rosa y se dirigió al chico.

—Sí, a veces yo pienso lo mismo, pero es triste. No sería posible olvidarse de todos con tanta facilidad. —suspiró—.Venga, una pregunta más antes de continuar.

—Si pudieras transportarte en un abrir y cerrar de ojos a cualquier parte del mundo en este momento, ¿a dónde irías?

La chica meditó unos instantes. 

—En este preciso momento.....iría con Ricardo.

De nuevo era él. Llevaban tres semanas de clases y hasta ese momento, Alberto pensaba que Ricardo y Tom Tom eran una pareja extraña. Hablaban poco dentro de la universidad y en raras ocasiones se les veía tomados de la mano, no se dijera un beso, un abrazo, tan siquiera una fotografía en Facebook. No era nada....

—Dime algo, ¿en verdad lo amas?-preguntó el chico.

"¿Por qué se lo estoy preguntando?"


—Todo depende de qué sea el amor. Creo que es un concepto que ha sufrido distorsiones sociales que nos impiden definirlo como lo que realmente es. La cuestión es sencilla, si te refieres a si le tengo cariño, la respuesta es sí. Si te refieres a si lo amo en este nivel onírico que nos venden las industrias culturales, la respuesta es no. Amo a Ricardo, pero no lo amo como si fuésemos una sola persona, no soy dependiente de él. ¿Has escuchado esa falacia de la media naranja? es verdad, los he oído y es una gran mentira. No somos mitades, somos enteros que se juntan para crear nuevos mundos. Antes de ser novios fuimos grandes amigos, y eso es precisamente lo que somos antes de ser una pareja. El amor, Legaspi, es un consenso entre dos personas que se tienen cariño. Así se estipula y así se instituye, ese es el juego del amor. ¿Quieres una respuesta más clara, Alberto? Sí, lo amo porque he aprendido a aceptar su cariño.

Legaspi arqueó las cejas y dijo pausadamente.

—Creo que la percepción del ser amado es como la obra de un artista en desenfreno. No lo sé, Tom Tom, si quieres saber mi opinión, a veces creo que para Ricardo no eres la palabra de un poeta en frenesí.

Tom Tom sonrió.

—Who knows? -hizo una pausa—. ¿Volvemos al trabajo?

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