El dragón del sol 11

Héctor


Estaba parado, pensativo viendo a través de la ventana. Con su mano acariciaba la barba negra de su joven e inexperto rostro. Alguien llamó a la puerta.

—Adelante.—dijo con voz cantante.

Un hombrecillo moreno y de aspecto torpe entró.

—Profesor.- dijo mientras saludaba a Héctor.

El director de Ciudad Cereza lo miró y le lanzó un saludo.

—Mi estimado César. ¿A qué debo el placer de tu visita?

César habló cautelosamente.

—Pues con la novedad de que uno de los locales que operan cerca del campus quieren "recompensarnos" con un incentivo.

Héctor sonrió. Él siempre con aquella actitud tan cordial y esa soltura actuada. 

—¿A cambio de qué mi estimado? -preguntó.

Después de hablar, Héctor volvió a mirar hacia la ventana sin dejar de rascarse la barba. César se aclaró la garganta y habló.

—Pretenden abrir otra cervecería, esta vez más cerca de la universidad y sin licencia para vender alcohol. Quieren convertirse en un punto de venta de droga para los alumnos de Ciudad Cereza. Por supuesto esto también incluye publicidad y espectaculares dentro del campus.

Héctor suspiró. Visto por atrás su figura lucía imponente.

—Ya sabes lo que debemos hacer mi estimadísimo. ¿Algo más, mano?

César asintió.

—Los distribuidores nos piden nuestra cuota anual.

Hector soltó un risita.

—Esto es como un ciclo. El dinero entra y el dinero sale, y así sucesivamente. ¡Claro! Dales su maldita cuota a esos bastardos.

Héctor se giró en dirección al hombrecillo.

—¿Qué más mi apreciable amigo? -preguntó.

-Me he enterado de uno nuevo apodo que circula entre los jóvenes. Algunos opinan que mantiene una relación demasiado amistosa con sus alumnos, hay otros que piensan que se trata de hipocresía....

-Sin rodeos, amigo.—lo interrumpió Héctor—. Dime, ¿cuál es ese apodo que me he ganado entre mis estudiantes?

César suspiró. 

—Dos tintas.