El dragón del sol 8

Tom Tom conoce a Alberto


Legaspi abandonó el aula adentrándose en la masa fría de la noche. Los días en Ciudad Cereza eran largos y rendían poco, era hasta el final de todo en que uno era consciente del tiempo que corría afuera de aquella burbuja. Afuera de la burbuja era justo como esa noche embriagante, con la luz del semáforo que destellaba sobre el suelo y las boyas amarillas del cruce a la plazuela principal. Y en medio de todo este alboroto de libros, pasos, alcohol, cafeína y nicotina, estaba Valeria, sentada sobre una de las sillas de piedra de la plazuela. A lo lejos había un estadio iluminado por plataformas plateadas y un campo de ansiosos jugadores. 

La chica de ojos marrón le lanzó una mirada curiosa al sujeto que ahora la observaba con el rabillo del ojo.


—¿Puedo sentarme?- preguntó Alberto.

La voz del joven sonó relampagueante. Una corriente de aire acarició delicado el brazo derecho de la chica.

—No veo por qué no, ¿Alberto?

El chico asintió.

Rivadeneira vestía con un pantalón vaquero y una camisa beige con botones blancos. Sobre sus piernas yacía una talega roja. Sus zapatos parecían un par de finas zapatillas. 

—Eres Valeria, ¿cierto? ¿bailas ballet?

La señorita Rivadeneira soltó una risita ahogada.

—Sí, soy Valeria, pero casi nadie me conoce por mi nombre.

Tom Tom buscó dentro de su talega roja. Acto seguido, su manos cogieron un par de zapatillas que se encontraban en el interior de la mochila.

—Mira ésta.—le dijo a Legaspi mientras le extendía una zapatilla.

El pequeño zapato plateado destellaba con la luz del farol que débilmente iluminaba la plaza. Al mirarla detenidamente, Alberto notó que la zapatilla contenía un grabado en uno de los costados, decía: Tom.

Después de leer la leyenda, Rivadeneira le extendió la otra zapatilla y dijo con suavidad.

—¿Lo ves? Ambas dicen Tom. Así me llaman, Tom Tom, es un viejo apodo.

Hubo un silencio. El aire cortaba como una navaja de espuma.

—Hoy la luna se ve hermosa.-dijo finalmente el chico.

Valeria asintió.

—Tan serena, tan apetecible luciendo su gordura brillante, orgullosa e insólita.

Un torrente de emociones recorrieron a Alberto. Sus ojos, abiertos como platos, fotografiaban cada fragmento de la sonrisa de la chica. Era curiosidad, era como contemplar una horda de colores que bullían empíreos sobre el suelo rugoso y que se extinguían juguetones ante las pupilas de sus ojos.

—¿Te has preguntado cómo es que los ciegos pueden aprender tantos conceptos? -preguntó Alberto.

Valeria asintió.

—Oh sí... los ciegos son un misterio. Creo que si yo fuera ciega me desesperaría muchísimo, pero hay otros enigmas de la vida, como por ejemplo, ¿cómo el ser humano supo que ciertas cosas eran comestibles?

Alberto meneó la cabeza.

—Como el huevo.- dijo el chico.

—La granada.- dijo Tom Tom

—El pollo.

—Las zanahorias.

—La lechuga.

—O las pasas, ¿cómo fue eso?, acaso probaron una uva y dijeron: es deliciosa, veamos si sabe mejor podrida.

Alberto rió, luego ella lo imitó más fuerte, de nuevo Alberto y luego Tom Tom, así, hasta que ambos explotaron en carcajadas.