El dragón del sol 5

Alejandro y Lucía



En Querétaro el invierno es contradictorio. Hay veces en las que el calor se vuelve realmente insoportable, especialmente después del mediodía cuando las manecillas del reloj se mofan de los ciudadanos hambrientos y enervados por la aplastante canícula del sol. Cuando esto pasa, los vendedores salen a las calles con su repertorio impreso en un material plastificado.

—Venga, refrésquese un poco y coma de lo mejor de la ciudad.

En Epigmenio González, los alumnos caminan en un éxodo por el descanso perfecto.  Los ejecutivos, los de corbatas rojas y las oficinistas de los centros comerciales, corren apresurados para no regresar tarde al trabajo. Y en medio de todo ese caos, los trabajadores de las cafeterías no dejan de hacer sus labores, irónica y estúpida realidad que el descanso de unos sea la jornada laboral de otros.

Inmersos en el tropel del cruce de peatones y pitidos agudos, estaban Lucía y Alejandro, ambos callados dentro de esas pintorescas casas que operan como fondas por las tardes.

La mujer de dedos finos y ojos de miel observó a su esposo con suspicacia, por el contrario, Alejandro se limitaba a voltear la mirada en dirección opuesta. Del otro lado un sonido, un conjunto amorfo de individuos dentro de una masa espesa y gelatinosa, preocupaciones y deberes, tal vez un viejo amigo a quien pagarle el préstamo, un brillante destello de esperanza. Del otro lado nada, un país podrido, muerto... la espera del despertar.

—¿En qué carajos piensas, Alejandro?-le preguntó Lucía a su ex-esposo.

Alejandro se encogió de hombros.

"¿En qué pensaba?"

Pensaba en aquel departamento de los años ochenta, en la vecina Sofía y en las salidas express al Liverpool de Satélite. ¿En qué pensaba? Pensaba en Miranda y en su rostro rojizo, sus bermejas mejillas y su calvicie prematura. En las primitivas computadoras y en los gritos de las secretarias cuando ingresaba al edificio, retrato de un amorío de oposiciones pragmáticas, paradójicas contradicciones semánticas y culturales que se mecían en un bolígrafo sobre el escritorio de Lucía. ¿Y ahora en qué pensaba? Las noches en los moteles, los golpes atestados contra el muro y el olor a tequila y orines en la ropa. Las reuniones en casa de Montes de Oca y el sonido constante de sus complejos obscuros, dinastía compartida que anunciaba el fracaso de un matrimonio entre un vagabundo y una dama. Era la mezcla perfecta, el sabor adecuado, el condimento necesario para sazonar su tortura en un pasado latente. Pensaba en él sonriendo fiero como el hierro ardiente en las fundidoras,  riendo con aquel par de anteojos de fondo de botella, brillante, imponente, extraordinario.

Lucía alzó la voz exasperada.

—¿No me vas a decir nada?

Alejandro volteó la cara de mala gana. Qué rostro tan diferente el de su ex-esposa. Hace 20 años era la luz, la inocencia detrás de sus ojos, los besos a escondidas dentro del Volkswagen y la voz de Helena desde la ventana. Tantas cosas que ahora parecían tan lejanas, tan arcaicas y desafortunadas. Al final era la maldición de haberse encontrado y el destino de no poder ser.

—¿Qué quieres que te diga, Lucía?- preguntó-. Siempre es lo mismo, tú siempre tienes razón, yo tengo la culpa de tus errores y de todas nuestras fallas, es la historia de nunca acabar. ¡Por Dios, Lucía! Yo soy un hombre de 55 años, tú apenas vas a la mitad de los cuarenta. Yo ya a estoy cansado, desgastado. ¿Acaso estaremos así hasta el final de nuestros días?  ¡Carajo! ¿Qué es lo que quieres? Ya estamos divorciados, ya acabaste conmigo ¿Ahora qué quieres, Lucía?

Los comensales inquietos, miraban el espectáculo pretendiendo fingir que en realidad no prestaban atención. Los dueños del lugar se comunicaban entre ellos con miradas furtivas.

Lucía colocó el vaso sobre la mesa con desdén.

—¡Carajo! entiende que esto no se trata de nosotros. ¿Puedes entenderlo? Se trata de tus hijos. Tú siempre me decías que la familia para ti era lo más importante ¿y qué hiciste?,  ¿cada cuándo le llamas a tus hijos? ¿Los has buscado? ¿Sabes qué es de ellos en este momento?

Alejandro soltó una carcajada.

—¿Mis hijos?, ¿buscar a esos mal agradecidos? Me dejaron como perro, solo, me dieron la espalda. ¿O ya se te olvidó? Te pasaste toda una vida envenenándolos en contra mía. ¿Y ahora quieres que los busque como si nada hubiese pasado?

Los ojos de Lucía se iluminaron con rabia, pero no con el tipo de rabia que le da a uno cuando pierde su billetera en el camión. No, sus ojos de rabia centelleaban memorias, los golpes en la cara, el aliento alcohólico antes de una pelea, la ropa rota, la corbata desaliñada después del trato de puta. Quizás, sólo quizás aquel adolescente que le alzaba la mano a su madre para soltarle una bofetada. Los niños llorando y Helena abrazando con cariño a sus nietos mientras Alejandro preparaba su arma preferida, el cinturón de cuero de sus trajes finos.

—¡No seas estúpido!—gritó Lucía.

Los espectadores levantaron la voz. Lucía sabía que los comensales seguirían escuchando, pero no le importó, nunca le había importado.

—¡Si tus hijos te odian es por tu maldita culpa!, nunca te importó el daño que les causaste, los marcaste, no sólo los lastimaste, los heriste por dentro... los llenaste de rencor. Lo menos que esperaba es que tan siquiera lo comprendieras, que lo intentaras, aun si no hubieras tenido éxito. Debiste haber estado allí..... en especial con él.....

Alejandro hizo una mueca de asco.

—¡Alberto ya no es mi hijo! Lo niego como tal. ¡No lo voy a buscar!, él cometió sus propios errores, él decidió convertirse en un delincuente y yo no tuve nada que ver en ello.

Nuevamente las lágrimas, recuerdo de los viejos tiempos, el silencio, 5 minutos o más. Finalmente se rompe el hielo.

—Pues ese "delincuente" como tú lo llamas, está en el ciudad—dijo su ex esposa mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo.

El señor Alejandro Legaspi parecía repentinamente nervioso.

—¿Él está en la ciudad?

Satisfecha, Lucía sonrió y comenzó a levantarse de la silla para partir.

—Nos vemos luego, Alejandro.

Esa sonrisa irónica... las cosas después de todo no eran tan diferentes al pasado. Tal y como solía acontecer en aquellos días, de nuevo aquel sujeto pasaba a convertirse en uno más del montón. Un pobre hombre que terminaba comiendo solo en el restaurante. Claro, ante los ojos del público, Alejandro sólo era una víctima más de una esposa neurótica que no comprendía el importantísimo rol que cumple el hombre dentro de la familia.

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