El dragón del sol 9

Cecilia y Ricardo


El sexo había sido salvaje. Sus cuerpos reposaban después de tanta fricción, de tanta tensión que apenas podían moverse. Cecilia y Ricardo estaban a oscuras, tendidos en la cama mirando al techo. El silencio reinaba. Finalmente Cecilia suspiró y rompió la abrumadora quietud.

—Sabes que nos iremos al infierno, ¿verdad?

Ricardo carcajeó fuertemente.

—Ay,por favor, ¿de cuándo a acá eres tan creyente?

Cecilia se encogió de hombros. En el fondo creía que era verdad.

—No lo sé, dude, pero si Dios existe ya nos jodimos.

Ricardo le dio un beso en la mejilla. No quería pensar en eso, no quería saber, no quería reflexionar sobre las consecuencias de aquella maldición.

—El infierno es esto, esta porquería en la que estamos metidos.

Hubo un silencio.

—¿Alguna vez piensas en Tom Tom?—preguntó Ceci.

—¿Ya vas a llorar?

—¿Alguna vez eres consciente del daño que le hacemos? ¿Qué si se entera? ¿No sientes culpa?

Ricardo gesticuló con gallardía.

—¿Se le puede hacer daño a alguien que no sabe que se le hace daño?, por supuesto que lo he pensado, pero ella no puede enterarse. ¡Es tu mejor amiga!, además, no es como que tiene a alguien espiándonos. ¿Por qué se enteraría?

—No lo sé, gordo. Todo podría pasar, un paso al aire, un movimiento en falso, algún error. Se supone que es mi mejor amiga. A veces me siento una mierda, la estimo, en verdad lo hago, pero no puedo parar. Dime, ¿la quieres?

Ricardo demoró unos segundos en responder.

—La quiero a mi manera.  Es todo lo que te voy a decir. ¿Por qué la pregunta?

Cecilia habló tranquilamente.

—Porque yo......a veces he pensado en confesar.

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