El dragón del sol 4

Alberto



Desperté. La luz del sol aún permanecía ahogada por el peso de las nubes obscuras. Hacía frío, noté que mi ropa era la misma que ayer y que la lámpara que reposaba sobre la mesa de noche todavía permanecía encendida. ¿Qué hora era? El reloj despertador me hizo una mueca burlona, eran las diez en punto. Mi cita aguardaba impaciente y aún no estaba preparado. De la manera más rápida que pude, saqué un poco de ropa de la maleta y me encerré en el baño. El agua de los hoteles siempre es tibia, ideal para el ambiente invernal. Mientras las gotas de agua escurrían por mi cuerpo desnudo, las cicatrices de mi magullado organismo revivían como una grabación cada uno de los eventos de mi pasado. Llegó un momento en que no pude distinguir las gotas abrasadoras que caían de la regadera, con las gotas salinas que escurrían de mis ojos. ¿Qué haría ahora?

Permanecí indefenso, debajo del potente gotear de la ducha, deseaba morir, no moverme nunca más de aquel lugar. Nuevamente su voz resurgió en mi cabeza.

"¿Crees que nos conocimos por alguna razón?"—preguntaba Xiadani.

No recuerdo cuánto tiempo permanecí allí, confundido en ese estado patidifuso y extraño, sólo recuerdo que salí de la ducha, ya no me importaba llegar tarde a mi cita, sabía que no habría problema, no en realidad.

Al salir del hotel, percibí que de manera similar a la terminal, los dálmatas de cuadros negros y carrocería amarilla se apilaban sobre la entrada principal del lugar. Hice una seña con mi mano, cuatro segundos después, un hombre corpulento y de cabello cano me indicó que subiera al automóvil.

—Bueno días, joven, ¿adónde lo llevo?-me preguntó el sujeto mientras me colocaba el cinturón de seguridad.

El taxi lucía más limpio que el anterior. Una cruz zigzagueante colgaba del retrovisor. En el centro de todo, y casi debajo de las ventilas, había una caja con un radio-móvil. La pantalla del dispositivo mostraba una serie de canales y un controlador de volumen.

—Lléveme a Álamos.

El taxista hizo una mueca mordaz.

—¿Ya a chambear, joven?

El olor  a vainilla comenzaba a volverse insoportable. El tablero del coche estaba forrado de un mantel bordado, en contraste, un aparato reproductor de música lucía impecable debajo del control del aire acondicionado.

—No, no en realidad.—respondí cortante.

El señor de cabellos grises sonrió. Acto seguido y con cierta destreza, el sujeto cogió el radio de la caja negra del centro, su mano color marrón accionó el botón del mando con firmeza. Se oyó un sonido estático.

—R44 base 0.—habló el taxista.

De inmediato una voz femenina atendió.

—44 base 0.

El sujeto me miró de reojo, sin embargo no se detuvo.

—11 de la 34 a Álamos.

Hubo un minuto de silencio. Finalmente la operadora de voz chillona respondió.

—055, 5 5.

—08.—respondió el taxista.

Durante el camino, lo único que se escuchaba era el palpitar hirviente del motor. Afuera, la avenida principal parecía reventar, miles de coches se aglutinaban nauseabundos.

— Otro día en esta jodida ciudad—exclamó el taxista—.Tiene suerte de haberme encontrado, a estas horas ningún taxista se arriesga a atravesar la avenida principal. El tráfico enferma ¿sabe? Es un mal terrible, hay veces en las que preferimos perder unos cuantos pesos que morir en ese infierno de coches. A veces a penas nos queda para la gasolina.

El taxista me miró con el rabillo del ojo. Permanecí callado pretendiendo ignorar la presencia de aquel sujeto ceboso y torpe. Afuera, los árboles de Álamos empezaban a alinearse magníficos a los costados del boulevard. Todo parecía el mismo lugar, pero en realidad ya nada era igual.  Docenas de edificios nuevos se erguían alrededor del parque principal,  aquel parque en dónde alguna vez disfruté del deleite de algún viejo amor. Los coches, la gente andando en las avenidas, las tiendas e incluso la heladería "Tutti Gelati" en donde solía ir con mis amigos del colegio, resurgían como un mosaico repleto de alusiones y momentos perdidos. Todo era tan irónico y contradictorio como mi presencia en aquel lugar.

Sabía que el taxista podía dejarme en la entrada del edificio, pero no, en el fondo de mis entrañas surgió la necesidad de caminar por aquellas conocidas avenidas.

—¿Descenderá después de la rotonda?-me preguntó nervioso el taxista.

Hice un movimiento brusco con la cabeza.

—No, descenderé aquí mismo. Y bien ¿me dirá cuánto me cobrará o seguirá observándome de esa manera?—pregunté con desdén.

Las tiendas de ropa no habían cambiado, tampoco la famosa panadería de la esquina en donde mi madre solía comprar con tanta dicha. Quizás había algunas cafeterías nuevas, no lo sabía con exactitud, todo era tan diferente y sin embargo tan parecido al pasado. El pavimento olía a reminiscencias, a perfume de mujer y a café mezclado con tabaco y chocolate de mesa. A lo lejos, el parque del primer amor se regocijaba de orgullo. Allá en donde dos amantes alguna vez se besaron fulgentes, pero dentro de mí lo sabía, no era el mismo lugar, sólo un parque, un vil parque igual al de cualquier otra ciudad. Y mientras caminaba sin prisa hacia mi destino, me di cuenta de la concepción tan minúscula del ser humano. 

"Sólo tres cuadras más"

Las casas de Álamos comenzaban a vislumbrarse más cercanas y majestuosas. Cada paso que daba comprometía mi futuro, y mientras más me acercaba a mi destino, más seguridad, más furia crecía en mi interior. En mi cabeza resonaban los golpes, su voz estrepitosa, su llanto doloroso. Miles de imágenes que me provocaban asco y más ira, el olor a semen en sus labios, la sangre correr entre sus piernas, sus ojos morados e hinchados.

Absorto en los recuerdos, finalmente llegué a mi destino. El gran centro corporativo lucía imponente encima de mi cabeza. Había edificios de diferentes formas y tamaños, pero sin duda no tenía tiempo para centrar mi atención en otro que no fuera la torre blanca.

Podía olerlo. En algún lugar estaría el cabrón ese, sentado en algún sillón marrón analizando una pregunta, pensando sobre lo más absurdo, formulando cientos de hipótesis y buscando miles de formas para poder expresar la verdad, el hecho, la trágica realidad del ser. Allí estaría Salvador con su cabeza afeitada y sus ojos grises.

Unos cuantos pisos al cielo, la secretarias en cada oficina con sonrisas estúpidas preparando el café. Hombres con corbatas rojas jugueteando con el culo de alguna oficinista sin escrúpulos. Cuatro empresas compartiendo un mismo edificio, lugar de jauría, animales en celo desempeñando un papel racional y estúpidamente artificial. Al final, los tres últimos pisos y nada ordinario, una empresa que los vecinos de abajo consideraban sospechosa, quizás traficantes de blancas -esos putos- o tan sólo narcomenudistas. Nada de eso, sólo un ejercito de personas con múltiples habilidades, el gran emporio, el recinto más preciado de mi mentor, Salvador Goretti.

El recibimiento pintó como lo esperaba, emocionante y nostálgico. La calva de Goretti lucía brillante y pulcra debajo de la luz incandescente.

—Alberto Legaspi -dijo Salvador-. La última vez que te vi fue en la capital hace 5 años. Veo que aún  conservas esa mirada seria. ¡Vamos! Relájate un poco, toma asiento muchacho.

La oficina obscura y naranjada de mi antiguo mentor lucía impecable. Recordé que Salvador siempre había poseído una obsesión por el orden y la limpieza.

—Aún conservas tus viejas costumbres.—comenté mientras me sentaba en la silla del escritorio.

-Ya sabes lo que dicen, soy un hueso difícil de roer.

***

Hubo un cruce de frases, algunas tazas de café y una conversación que giró en torno a nada.

—No te veía desde hace cinco años. La última vez que hablé contigo en persona fue en la capital, antes de que ocurriera todo.

—No vine a hablar de eso.

Hubo un largo silencio. Salvador escrutó con la mirada a Legaspi.

Alberto habló.

—No entiendo el clima de esta ciudad, en la mañana puede hacer un frío helado y en las tardes un calor infernal.

Goretti meneó la cabeza.

—No viniste tan lejos sólo para hablar del clima. Ve al grano, sé directo.

Otra pausa.

—Ya sabes qué que es lo que busco, Salvador. El dinero en realidad no es un problema, pero quiero volver.

Goretti sonrió. Alberto conocía esa expresión, la había visto hace algunos años. Era el triunfo, el signo de aprobación, la respuesta esperada.

—¿Por dónde quieres empezar?  ¿A qué viniste y cuál es tu objetivo? Sabes que la situación no está nada bien desde que hubo el cambio de poder. Hay mucho material aquí, Legaspi. La gente recurre a nosotros porque la policía en este país no funciona, no es novedad.  Aunque hacemos lo que es correcto, alternamos las posibilidades y le damos esperanza a la gente. Negocios ilícitos, secuestros, violaciones, desapariciones,  o lo más simple, infidelidad. ¿Sabes?, la gente piensa que esto es como en las películas gringas,  pero no hay magia detrás de esto.

—No necesito que me recuerdes cuáles son tus servicios. Por ahora tengo mi prioridades muy definidas, no quiero meterme en cuestiones penales o del bajo mundo. Busco casos civiles, ya sabes, lo típico, infidelidades, dobles vidas, corrupción en el sector privado. No quiero limitarme a estrechar la mano con una bola de policías corruptos que no hacen más que estorbar.

Goretti torció la boca.

—No somos justicieros, Legaspi, somos detectives, intermediarios, tan sólo obtenemos la información y le damos utilidad. La ciudad ha crecido, ¿sabes?, hay funcionarios y policías corruptos en todos lados, no podemos confiar en nadie. Ya no podemos distinguir quién está en nuestro bando y quién en contra. Por esa razón es mejor fingir que hay una alianza entre ellos y nosotros. Pero volviendo al tema, quieres irte por lo civil, ¿eh? ¿y cómo puedo ayudarte? ¿qué necesitas?

—Necesito las herramientas y a un viejo amigo.

Salvador agachó la cabeza sin dejar de ver al joven.

—¿El keylogger?

—Todo lo que puedas proporcionarme. Sabes que el dinero no es un problema. El caso Xiadani, dentro de todo lo malo....

Goretti se incorporó y camino con los brazos cruzados por su vasta oficina. Alberto lo seguía con la mirada sabiendo que aquel ser inescrutable le daría una respuesta en breve.

—¿Cuál es tu objetivo, Alberto? -preguntó Salvador con cierto cansancio.

—Ciudad Cereza.

Goretti, quien le había dado la espalda a Legaspi durante unos minutos, se volteó para ver a su interlocutor con circunspección.

—Una universidad de prestigio, inteligente. ¿Y cómo planeas hacerlo?

El muchacho asintió.

—Alguna vez alguien me dijo que los pseudónimos son poderosos.

Goretti sonrío.

—¿Por acaso has pensado en el  El Dragón Del Sol?