Introducción

Un texto tan extraño merece una introducción.



Este hecho inesperado juguetea de una forma escarpada sobre mi lecho.  Es una pelotilla que se manifiesta como un torrente advenedizo en mi cabeza, rebotando entre cuatro paredes que con novel capricho me hace desearte más.

No sé cómo introducirme. He tenido muchas muertes y renaceres, muchos textos y canciones. ¿Cómo presentarme ante un elemento diáfano cuya sombra hialina revela pureza? ¿Cómo hacerte creer que este cariño impoluto comienza  a florecer por causas que aventajan mi autoproclamada inteligencia?

Entonces empiezo a reflexionar  y me causa fastidio el saber que aún no puedo superar estas estructuras yertas para expresarme. Pero un texto tan extraño como yo merece una introducción, y la verdad es que soy sólo yo. Soy un sujeto poco ordinario, con pensamientos confusos, materia resolutiva que implosiona en imaginarios orgasmos mentales.  No te culpo si decides quedarte con esta ambigua definición, pero si por tu mente pasa la idea de acuñarle una representación tangible a este significado, otórgale el término "La naturaleza de un ser como un orgasmo mental".

Creo que aquí podría surgir una nueva especie de definición: sólo soy cuando estoy contigo. Sólo soy cuando creo discernirte, cuando te siento a mi lado en un efímero pestañeo del sol. ¿Me permites decirlo? Yo soy porque existes tú en este preciso momento e instante, en esta maldita distancia y en este ad libitum lugar. Yo soy porque decido serlo al pensarte tan involuntariamente.

Yo soy cuando tu voz se escucha y cuando tu silencio muere. Soy cuando tus letras se escriben y tus signos de interrogación me abren un mundo de eventuales encuentros en algún café de la Ciudad de México. Yo soy ese instante maravilloso en el que nuestras miradas se besan y nuestro labios se miran tan cerca que nuestra respiración se expresa al unísono. 

Soy cuando ocasionalmente se me ocurre tenerte en una cena con velas (¡cuánto cliché en una sola frase!), mirando el calor que desprende la taza de café o la acidez perfecta del vino en tus labios. Los panecillos están atentos en la mesa y los vasos mirando como la luna con sus cristales plateados, todos esperando ser testigos del beso más tierno que jamás dos amantes se han dado.