Introspección de un alma en peripecia



Hay andanzas que resuenan indelebles sobre el manto del tiempo, algo así como robustas pisadas que permanecen en el recorrido, migas de pan que controlan los pasos de aquellos que persiguen "esto" con tanto anhelo.  Hablar de "esto" es referirse al momento, a este espacio en el que uno delira porque el café de medianoche ha hecho efecto, o  quizás porque estas costumbres andinas no permiten que el sueño se impregne en la mente. Filtro de cafetera y regaliz, ventana, cabello obscuro, un par de guantes para el frío y ella acurrucada porque es lo natural, lo más predecible, lo más obvio. Entonces se empapa de nuevo el semblante, surge de lo más profundo del ser  (esa concepción amorfa e imperfecta que construyen los catedráticos con alevosía) la nada, un capricho pueril que le hace pensar que esto quizás es posible.

Nieves dice que es normal, para él todo siempre es normal, para él todo es posible en la medida que él pueda propiciarlo. ¿Qué fue entonces todo aquello de las visitas inesperadas? ¿Será que sí era posible concebirla como algo verdadero? No, no podría ser, porque sí lo fuera no estaría allí tocando sus mejillas para simular la fotografía perfecta, satisfaciendo sus deseos candorosos y bobos. Sin embargo, aun sabiendo que Nieves orquestaba todo, y que bien él desearía que el retrato perfecto fuera todo aquel ritual de l'origen dels seus enamoriscaments, la verdad es que aún creía que ella podía tener la espurna, probablemente existía la possibilitat dins d'ella. Pero con ella, gràcies a Déu nunca se sabía.

No había necesidad de saberlo. Al día siguiente ella estaría sentada en el café con su sonrisa bribona, iluminada con aquella sagacidad tunante que tanto asombro le causaba. Quizás preguntaría nerviosa por los boletos del próximo vuelo, los pasajes para el tren con destino a Lyon, el transborde a Toulouse. Pero antes era la espera de sentirla a su lado, adentrarse en lo más profundo de su cabellera rizada, reír al recordar al viejo cascarrabias que rugía en el avión camino a Bruselas. Y todo eso era ella, indiscutiblemente era ella con su aura repleta de un misticismo casi milenario, era eso y su voz, un misterio enormísimo para él y su airada gallardía.



-Hoy no mi niño, estoy cansada.- decía siempre que le acariciaba el alma en un imperfecto desliz.



Y la verdad era que en algún punto todo eso le provocaba ansiedad, náuseas y  desconcierto. Pero era mejor no pensar en ello, era mejor seguir comprando los víveres en el Corte Inglés de la Plaça de Catalunya, disfrutar de su compañía mientras caminaban por la Diagonal o en cuanto tomaban un café en Carrer Comtal. Era preferible seguir observando los estúpidos candaditos en la Pasarela Léopold Sédar Senghor. Mejor aún era saber que el fin de año estaba cerca y que todo eso estaba permitido, que ambos jugaban a recorrer el mundo como adultos  incautosconèixer el món, el universo moteado con cientos de colores y estrellas fugaces. 

¿Que sería al final?

Ella, una familia, recuerdos de una tal gracia que nunca existió. Gracias a Dios estaría vivo, de vuelta en Argentina farfullando con las secretarias del despacho, experimentando con los recuerdos que entonces lucirán tan poéticos, casi oníricos, verdades al viento que mientras estuvo a su lado no fue capaz de decir. Eso, de nuevo esto... Amberes, Brujas, Grote markt, el cabello rizado, el retrato perfecto y Nieves sonriendo como un niño con cámara en mano. 

Al final, aquell hombre volvía a tocar su mejilla mientras sonreía con cierta picardía en la obscuridad. Filtro de cafetera y regaliz. Ese confort estaba bien y allí tendría que permanecer, porque eso no era una relación ni nada por el estilo, tan sólo un imposible, un hechizo más como los que sucedían en Moreno, el afán del ensueño,  así como pensar que el cielo es iluminado con mil cometas en la noche.

Fotografía: Diego Nieves.