Eructo índigo




No sé explicarlo bien, quizás aquí hubiera sido conveniente haber hecho una acotación, un extenso paréntesis que describiera de antemano esta algarabía de emociones. Una nota mental, una cajita de colores con etiquetas por tipo y clase, un armario con camisas verdes, azules y blancas organizadas por tamaños y formas. Pero el punto era que no comprendía el fenómeno, por ejemplo, cuando sonreías, tus labios siempre me causaban cosquillas, era como si una extensa y obstinada familia de hormigas construyeran su hormiguero encima de mí. No sé, quizás eran figuraciones mías, pero así permanecía el cosquilleo. 

Entonces no había unidad, todo lo que hacíamos era porque nos parecía tan divertida esa dispersión, ese jugueteo inocente en el que ambos fingíamos no tener culpa. Después llegó el sur, Guayaquil con su malecón ardiente y finalmente el Caribe, Santo Domingo tan visceral. También había unos cuantos mexicanos, uno que otro chileno, todos jóvenes promesa. Fue allí cuando terminó nuestro juego. 

El encuentro se volvió un protocolo, los abrazos en los pasillos, las miradas nerviosas en cada repentino choque; y por supuesto, el protocolo de no buscarnos. El amarrar las agujetas en cada escalón y la maldita costumbre de darle la espalda al mundo que lucía tan fiero envuelto en ese asqueroso color azul. Por ahora, me gusta pensar que el protocolo terminará en cuanto estas paredes añiles se desvanezcan.

fotografía: especial