Tercer aniversario para tres.




Ya es lunes. Ha pasado una semana y ella no ha mostrado ningún interés por verlo. Él está confundido. Podría ser totalmente normal puesto que sus horarios son tan random que encontrar un tiempo libre en el cual ambos concuerden, es un juego de permutaciones inconclusas; sin embargo siempre han encontrado como romper con la relatividad del tiempo y el espacio para finalmente converger en el éxtasis que mantiene viva su relación. Pero ya va una semana y este momento no ha sido siquiera buscado. Así que las tardes han sido totalmente suprimidas del contexto amoroso. Cosa con la que cualquiera puede lidiar ya que al ocultarse el sol, incita al amor. Pero no.

Cada noche, al llegar a casa, se encuentra con un mueble: una mujer que finge escucharlo mientras ella está totalmente inmersa en el celular. No se despega del celular. Él nunca ha estado en conflicto con la tecnología ni con los celos, pero ya es demasiado. 

Cada noche el soporta ese desequilibrio emocional, piensa “dale su espacio” “todos pasamos malos ratos”. Intenta estar tranquilo, pero no; no lo logra en el momento en que las sonrisas tontas ya no son dirigidas más para él. El responsable de esas estúpidas sonrisas de las cuales él solía ser responsable (y le encantaba provocar) ahora son ocasionadas por ese estúpido celular. “Estúpido Nokia”, piensa y se voltea aún en la cama.

Pasa una semana más, ya dos semanas sin tocarse. La cosa se vuelve preocupante. Él ya no lo soporta más. Todo el día esta de mal humor y constantemente ve su celular y piensa “si todo el tiempo ella mira el celular, en algún momento, intencional o por descuido, debe mandar un estúpido saludo”, y no. No hay ni la menor señal de que las cosas mejoren. “Debe ser otro”, piensa, “sí, sí debe ser otro, ella ya debe estar fastidiada”. Comienza la taquicardia y le revienta las bolas cada vez que llega a casa y ella está ahí, pegada al celular. Ya no lo soporta. 

Tiene que saber que es y tiene que saberlo antes del próximo jueves, día en que cumplen su tercer año juntos. Si ella lo está engañando no lo soportará; tampoco soportará tener una cena romántica de aniversario con la pared, porque seguramente ella estará así: pegada al celular. Está decidido. La seguirá, investigará a fondo y descubrirá todo lo que pasa. Quién, por qué y desde cuándo. No importa que tan malo sea, está dispuesto a llegar hasta el final. Simplemente ya no lo tolera. 

La incertidumbre lo está consumiendo y ya es martes por la mañana. Sólo quedan dos días para descubrirlo todo y toma la decisión de reportarse enfermo para ir tras ella. Son las ocho de la mañana y no hay nada especial. Ella entra en el despacho, como se supone lo haga. Él permanece fuera, no esta tan desesperado como para entrar y arriesgarse a que lo descubra; estropearía todo. Sale a las tres de la tarde, la ve atravesar la calle con sus amigas de la oficina. Sólo van a comer. Entonces los nervios y la culpa comienzan “¿Qué estoy haciendo?” y justo cuando quiere abortar el plan aparece él. Ese sujeto al que jamás había visto se acerca directamente a ella, la saluda de la manera más natural y parten juntos.

Ahora sí, se lo lleva la chingada. ¿Qué la chingada? “ahora si le rompo su madre”, piensa. Los sigue, conserva distancia pero sin tener oportunidad de perderlos. Llegan a “la casa reiki”, dónde ella practica yoga. Baja del auto el ahora conocido como “pu-utito”, con doble “u” porque viene desde el estómago, con un poco de bilis, tú sabes. Abre su puerta y se despiden. 

Comprometedor, pero no determinante. Suficiente por un día. Corre a casa y llama al trabajo, se reporta enfermo y que tomará también el jueves. ¿Por qué no le creerían? Siempre ha sido responsable y equilibrado en cuanto a lo personal. Toma un baño. Necesita demostrar que nada pasa para continuar con el plan. Sólo queda un día. Ella llega. Esta vez no toma el celular. De hecho, esta muy callada. Toma un baño, le dice “estoy muy cansada” le da un beso, lo ve a los ojos; la mirada dura más de lo normal. Expresa tanta dulzura, tanta entrega. Es amor. No le dice nada sólo lo ve mientras toma su rostro.

El tiempo se extingue, la flama se aviva. Así, sin decir nada, lo regresa a la vida. Parpadea, sus ojos lucen cansados. Se acuestan y por primera vez en dos semanas, se abrazan. Es como si se renovara. Él ni siquiera recuerda la última vez que tuvo esa sensación. Eso es intimidad. No es necesario hacer el amor que con el tiempo y las repeticiones es sólo sexo. Eso, estar acostados, abrazados y acurrucados como si la ergonomía de sus cuerpos así hubiera sido planeada, es perfecta; eso es hacer el amor. Y mientras esto sucede y ella duerme con esa tranquilidad que conmueve, él piensa en desistir. Prefiere seguir confiando y salir lastimado que lastimarse con una idea paranoica por supuestos relativos a una mujer que el eligió por encima de todas las demás y con soberana libertad y entrega, lo suficientemente maduro para saber que no existe dependencia en su amor. 

Despierta tarde, ella está por salir. Por primera vez en mucho tiempo él logra dormir y pretende seguir acostado. Descansando el estrés de los últimos días. Después de todo, ya tiene cubierto el día en el trabajo. Y así, sigue con los ojos cerrados, tan plácidamente libre de dudas. Entonces eso termina. Escucha que ella está llamando por celular, deja los ojos ligeramente abiertos; como para pasar desapercibido si es que ella lo viera. Ella se asoma desde el baño para asegurarse que él esta dormido. Entonces él escucha “claro que no me voy arrepentir, hoy estoy dispuesta a todo, como habíamos quedado… te veo en el hotel Las Estrellas a las 10… todo va a salir perfecto… no, él no sospecha nada, no te preocupes”. Con una habilidad magistral él logra conservar la calma hasta que ella sale de la casa. “Ahora si los mato. Ah su puta madre. Pi-inche pu-utito, lo mato.” Entonces se levanta de la cama. Corre al súper mercado, compra un bat de beisbol y va a casa a esperar. El tiempo nunca fue tan lento. 

Las horas tan largas corroían su alma lastimada. Y los insultos… “¡Puta madre!”, “¡Perra!”, “¡Pu-utito de mierda!”. Ya más tranquilo, los espasmos regresaban y los insultos salían de manera involuntaria. “Nada más esto me faltaba, ¡Hasta síndrome de Tourette he adquirido del pinche coraje!”. Son las nueve y es hora de acudir al hotel y esperar. Claro que él conocía el hotel. Fue donde hicieron el amor por primera vez. “¡Maldita cínica! Ha convertido en vulgar lo especial” pensaba mientras el temblor en sus manos le empezaba a preocupar. Entonces la ve llegar, con su amiga Natalia. “Malditas enfermas” piensa, mientras recuerda aquella plática que tuvieron en que llegaron a la conclusión que él no tenía amigos guapos y que la amiga más guapa que ella tenía era Natalia. “Estúpida Natalia”, murmuró. Baja del auto, decide dejar el bat; “no vale la pena”, piensa. Se acerca a la recepción, saca un billete de mil pesos y le dice al encargado – sin preguntas, dime a que habitación fueron esas dos mujeres. Él encargado contesta:

 –Habitación 12, nuestra mejor habitación por cierto. Usted debe ser el hombre. Dijeron que usted llegaría y que le diera esta llave- murmura mientras entrega la llave – suertudo…

Nunca había estado tan enojado y confundido. Sube las escaleras mientras pasa por su mente mil cosas perversas. “¿Desde cuándo lo estaría haciendo?” ronda en su cabeza mientras lo invade una depresión intensa al recordar que en unas horas cumplirían tres años. “Tres… debió ser perfecto…”. Ya con el alma destrozada, abre la puerta. Da un paso. Su corazón está al borde del colapso. Se topa con un ramo de flores y una nota. 

La desdobla: “Feliz aniversario mi vida, te di un buen susto ¿cierto?” Entonces ella lo aborda desde el lado derecho; de reojo, él ve que ella trae puesta ropa interior color negro con un par de ligueros de lo más sensuales. Escucha movimiento de la otra habitación. Ella – Te amo tanto y te conozco como me conozco a mí misma. ¿Recuerdas lo del trío? 

fotografía: Salud 180