La densidad del encuentro.


Es como el gargajo que sale de lo más profundo de la garganta, aquella valentía húmeda que se escurre en la boca del adolescente empedernido que lanza su proyectil desde el octavo piso. Es como el cielo ennegrecido con diamantes rabiosos que despiertan la curiosidad del niño, el porqué de sus motivos y la desilusión del rutinario descorche de vino por sus padres en las noches, monótonos como las manecillas, las mancuernillas y la caja de puros de su abuelo.

Ironía. Paradójica es la gota de lluvia que cae sobre la lata estrujada, seca después de haber recibido el impacto más acuoso y frívolo de todos. Así como tu cuerpo que  repele las lágrimas, el beso, la caricia más fina, o como mis dedos que descubren nuevos caminos sobre tus mejillas brillosas, impactadas por la novedad de aquel agresivo palpitar que despierta tus más primitivos instintos.

Es que no hay forma, sólo el calor más dulce, la mirada más suave que me desviste temerosa, siempre tan puritana vestida de seda. Y es que no hay forma ni reloj que contenga tus horas, tus costumbres sureñas empleadas en citadinos andares que nos conducen al confort y al placer de mirarnos fugaces. Y cuando despierto sobre tu cabellera rizada, heredada y abombada, dudo sobre la existencia del encuentro, dudo sobre la perogrullada realidad de nuestro acuerdo, el amor y los cojines aterciopelados que nos acompañan celosos mientras miramos constelaciones y estrellas a través de tu monitor desgastado.

Pero en resumen son capas, capas y dimensiones que burlamos juguetones cuándo nos abrazamos conscientes. Sólo corriendo,  obviando el hecho del contacto, hesitando sobre la existencia del mismo, porque mi razón sabe que edificas los muros adentro en lo más profundo de tu piel, como la muralla en tus senos y la reja entre tus muslos. 

Y no te culpo del desvelo, ni del sabor más dulce que me provoca la espera, la deliciosa distensión cuando nos encontramos cubiertos el uno del otro, justo en ese momento en el que el marco se confunde con tus ojos, y tu lápiz labial me lanza una mirada furtiva aguardando impaciente. Ahí cuando percibo todas las dimensiones, ya no hay más capas, sólo el corazón más puro que me muestra la plata, el oro, el diamante en bruto. 

Finalmente, sobrio comienzo a pensar en el espesor de ese encuentro, tan cerca de tus labios dibujados por la mano de Dios. Sublime momento cuando la mano del artista supremo me lanza a las delicadas fauces de tu cariño, y al beso tan esperado que revela la densidad de este encuentro.

fotografía: especial