El dragón del sol 2

Cecilia y Ricardo



La mañana era radiante, Cecilia despertó y se desperezó, con una mano desactivó la alarma de su despertador. Eran las 8 en punto. Lentamente se incorporó y salió de su cama, sus pies cayeron por inercia sobre sus pantuflas que reposaban en el suelo.

En la cocina estaba su hermano. La palabra feo no era una manera de describirlo, tampoco era guapo, era un muchacho de mediana estatura, robusto, de piel cobriza y barba abundante. Ricardo Quintana estaba allí, como era costumbre, sirviéndose un plato de cereal con una maestría impresionante.

—Buenos días bella durmiente 

Cecilia se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.

—Buenos días, guapo.

La chica era hábil y cautelosa. La rutina de todos los días volvía a comenzar, rápidamente abrió las gavetas superiores, cogió un plato hondo y tomó la caja de cereal que estaba arriba del refrigerador. Su hermano comía su plato de pié, recargado en la barra, tan iracundo y tan estúpido.

—¿Padre te depositó lo de este semestre ya?—preguntó Cecilia.

Su hermano asintió mientras se metía una cucharada a la boca.

—Ey, ya sabes que ese cabrón lo único que sabe hacer es mandarnos dinero.

Cecilia sonrió.

—Eso y meter a zorras a la cama.

Ricardo secundó a su hermana con picardía.

—¿Y qué onda? ¿Ya estás lista para tu último semestre?

La mujer de cabellos castaños claros asintió. Hizo una pausa mientras comía una cucharada pastosa de cereal.

—Claro. No sé ni cómo, pero al fin acabé.

Su hermano soltó aire por la nariz.

—¿Y qué onda con ese tipo? El chaparro ese ¿cómo se llamaba? ¿Jorge?

Cecilia gesticuló con una mueca no exenta de una sonrisa. Su delgados labios estaban húmedos por la leche. Tomó una servilleta y se limpió.

—Alguien anda muy preguntón esta mañana.- le espetó.

La hermosa chica se acercó a su hermano y colocó su mano sobre su pecho. Sus labios estaban muy cerca de su oreja.

—Mandé a Jorge por un tubo. —sonrió y comenzó a deslizar su mano hasta el miembro de su hermano, lo apretó suavemente. —Él no me daba lo que necesitaba.

El chico de ojos almendrados se balanceó despacio en dirección a su hermana. Por un momento, sus bocas casi se rozaron. Cecilia lo tocó con ternura justo en esa parte en donde se articulan las palabras.

—Tenemos que irnos ya.-dijo Cecilia mientras se apartaba de Ricardo y se dirigía al baño.

Contemplarla era un milagro. La mujer se miraba en el espejo y abría la llave del lavabo para lavar su níveo rostro. 

"Me observa, me ha desvestido con la mirada."

Cuando se humedecía su semblante divino, sus ojos parecían chisporrotear llamas de plata. Su hermano, atrás de ella, la miraba con lujuria mientras que ella se aseaba. Sólo deseaba estar así, viendo sus muslos blancos desde atrás y escuchando el sonido del agua que caía sobre sus manos suaves.

Cecilia lo miró de reojo por el espejo. Ricardo se aproximó a ella y la abrazó por la cintura. 

"Está ardiendo. Lo siento y lo sabe, soy una presa fácil cuando él lo sabe."

La mujer se mordió el labio mientras se apretujaba contra el muchacho. Volteó con frenesí y comenzó a besarlo apasionadamente. Por un instante fue eso, besos y chasquidos, diamantes en el universo que crujían al compás de sus deseos. 

Mientras la besaba, sus manos la desvestían. Ambos danzaban sin dejar de amarse. El momento era eso, sentir sus pechos debajo de la ropa, su entrepierna en la suya, su aliento como un mismo hálito de placer. Vivir era eso, la eternidad en una fracción de segundo.

Lentamente, Ricardo la tomó de la mano y la llevó a su habitación.

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