Breve espacio en Ecuador



Ese acento tan tuyo y esos ojos grandes. El desasosiego con el que miras las cosas, furtivo y expectante mirar que descubre maravillas con suaves caricias, instantáneos oteos. Esa voz de delicados susurros, englobado carisma que me abraza con reconfortante armonía. Te siento y sólo vivo en ti, te veo y sólo en ti me siento vivo, lo aseguro cuando admiro tu canto al hablar, ese particular y fantástico matiz acendrado. 

Lo sé y tú lo sabes, estamos enamorados como en aquellas novelas de ensueño en donde la realidad se reduce al deleite de la simpleza matutina, el café en la mañana y el aroma de Guayaquil húmedo en todas sus tardes y contextos. Lo sé y tú lo sabes, estamos conscientes de que el modo azaroso en que opera la vida es menos que fútil, es tejido por la virtud.

No tengo dudas, el mundo fue hecho para que nuestros pasos recorrieran sin prisa sus enigmáticos caminos, ciudades y parques. Dios lo sabe y por eso nos regala la noche y las risas incesantes dentro del cine o en algún café cerca del centro de la ciudad.

Y así pasamos tan desapercibidos, tan elocuentes al caminar sobre el malecón hirviendo. Ambos lo supimos aquel día donde el mirador,  tomándonos de las manos y viéndonos con el conocimiento, con la premisa irrefutable de que ese dulce momento llegaría. Supimos por alguna razón incierta que éramos las personas correctas en el lugar indicado, dos fragmentos que se habían encontrado fortuitamente.Y en ese momento de embriaguez de miradas, nos besamos y desde entonces supimos que nos habíamos enamorado el uno del otro.

fotografía: Promaga