Vertientes y formas


La belleza se viste de seda y se duerme sobre una cama de paja. A veces te despierta a media noche por el zumbido de tus pensamientos inconformes. A tu lado, la belleza se recuesta sobre una almohada de estrellas y se perfuma con lavanda silvestre. 

Cuando deplora tu existencia, sus brazos protegen la tierra obscura con furor, aun con paroxismo hiñe la arena para moldear con furia tus anhelos. La belleza resguarda a Dios en tu mirada, pero nunca me observas, no puedes verme porque la luz del sol nace en tus ojos y de tus ojos emana el mundo entero.

La belleza lleva tu nombre y tu esencia. La belleza se pavonea con tu rostro caminando despreocupada sobre la acera, soberbia resplandece con tu pelo y la parábola de tu sonrisa. Cuidadosa se desviste sobre mi lecho, engalanada con cristales de plata emerge como un ramillete de orquídeas doradas. La belleza lleva tu voz, las olas me gritan tu nombre.

La belleza reboza de júbilo sobre la playa. Su cabello desprende un halo argentado que brilla con la intensidad de un estrella septentrional. La belleza refleja su cabello en el tuyo, sus deseos son tu boca y sus pensamientos el tuyo.

Según los viajeros,  la belleza llora con salinidad desconsolada, a veces con tus lágrimas anega las cuencas y cauces del mundo. En consecuencia, los navegantes admiran con miedo tu belleza en el vasto color del océano.  

Para mí, la belleza existe en cada parte de tus esporádicos caprichos, incluso en el más recóndito de tus pensamientos y modos. La belleza eres tú, y sus encantos son tus axiomas.