Realidades silenciadas


Mi padre siempre me decía que el amor era una decisión. Cuando tenía quince años llegué a engañarme con esta premisa, empero, con el tiempo descubrí la verdadera naturaleza de las palabras de mi progenitor.

El sentimiento es único, es puro, es blanco y negro, es un instintivo acicate que instiga los deseos más profundos del alma. Pero la opción de seguir arramblando el cuerpo y el espíritu más allá del miedo y la baquía del fracaso, esa, es una decisión que sólo tiene un nombre: amor.

Amor, armonía, Dios, universo, luz y verdad, tantas palabras para un sólo concepto. Amor, aquella facultad bienaventurada que nos invita a darlo todo sin expectativas de reciprocidad, sin certidumbre, arrepentimiento o perspectiva. Amor, tu nombre, tus ojos, el ritual de darlo todo sin esperar tu cariño, esa, sin duda alguna, es la piedra angular con la que mi padre consolidó su teoría: Amor, un sentimiento puro, amor verdadero, permanecer firme por convicción propia.


Fotografía: brightbiz