Los nudos que matan

La mujer despierta, habla, canta, la mujer se estremece. Camina delicada en dirección al alféizar de la ventana, sus manos de seda posa sobre la estructura de barro que enmarca misteriosamente el portal de la libertad. La mujer llora, ríe, se sienta resignada sobre una silla de antaño, de antaño son los recuerdos que aprisionan su pensamiento yerto, inmóvil, ente atajado que fluctúa en realidades incorpóreas.

La mujer sueña, la mujer muere, se resucita, se resucita el baldío y estéril deseo de liberar sus querencias, su inmaculado pretexto. La mujer sufre, sangra, se acidula. Embebida contempla la forma de sus anhelos, figuras sombrías, pelusas que enarbolan encarceladas dentro de un reloj de arena. La mujer sueña, sus ojos cierra con la vista atenta en el tinte de sus pasiones, eróticos hormigueos que recorren su cuerpo en rasos desplazamientos. 

La mujer muere, derrocada sofoca sus esperanzas sobre el suelo agrietado. El hombre de barba grávida juega con su mirada a ser el juez de sus caminos, por su parte, la mujer temerosa cede ante los nudos que el sujeto construye con sus ojos espesos, celosos fanales que encandilan su albedrío.

Los nudos aprietan, la mujer grita, vocifera galimatías al viento que barre sus aflicciones con cinismo. El hombre que ríe, el hombre que ríe la observa a través del espejo, desnuda, marchita por dentro, deseada, estrujada por los caprichos del varón de la zafiedad.

La flor se abre, los botones florecen, dos de ellos son verdes, el resto son rojos como su padre. Finalmente la mujer se levanta, con frenesí dirige sus pasos hacia el ventanal, la puerta está abierta, su prisión abandona.

Ella se llama libertad, y él es un hombre que ríe. Libertad ahora yace infinita sobre el techo del desahogo. Del otro lado, las estrellas la abrazan con reconforto.

fotografía: especial.