El dragón del sol 1

Alberto


Llegué a la ciudad en un día nublado, justo en el momento en que el día se vuelve noche. Los cristales del camión escurrían y deformaban un conjunto de gotas de agua que se deslizaban sin prisa sobre la superficie de la ventana. Afuera había un mundo entero, docenas de personas que se aglutinaban en una pasarela perenne, empresarios, doctores, oficinistas que se tambaleaban sobre la banqueta con un portafolio en mano. El autobús ingresó pródigo a la central de ómnibus. 

Santiago de Querétaro se erguía impetuosa. El cielo arracimado de nebulosas espesas formó un claro que dejó ver la débil naturaleza del último rayo del sol. 

"Será una buena vida".

Enfrente de mí, una señora de trasero profuso me obstaculizaba el paso en el umbral del ómnibus. Sus manos regordetas trataban inanemente de alcanzar las maletas de la gaveta superior.

—Disculpe, ¿me permite?-pregunté mientras le hacía una seña con la palma de mi mano para que me dejara avanzar.

La señora me miró desconcertada, segundos después y de mala gana, la mujer se desplazó para dejarme atravesar el pasillo. Con mi maleta en mano, descendí cuidadoso cada escalón de la salida del móvil. Cada paso que daba, cada peldaño que abandonaba firme, era un momento de auxilio, otra oportunidad para volver arrepentirme, para regresar al comienzo. Pero no cesé, jamás volvería a aquel lugar, eso, sin duda alguna, era un hecho seguro. 

"¿Dónde estás?" resonaba en mi cabeza la voz de Xiadani.

El aire gélido entumeció mis mejillas, miré en dirección al frente. La terminal de Querétaro lucía abarrotada de gente, la noche comenzaba a mostrarse insegura con su luna risueña. Caminé durante un largo rato. Los comercios de la central de ómnibuses arramblaban con los recién llegados pasajeros.

En cierto modo, la terminal se asemejaba de manera mediocre y anodina al aeropuerto de la ciudad. Sobre el suelo, una explanada de azulejos azules y rosados le cedía cierta familiaridad al lugar. Continué caminando alrededor de los comercios con el objetivo de hallar la salida. Fue entonces cuando reparé en ella, una dama que había aparecido sin aviso alguno. Era la única mujer vestida de manera elegante, su zapatos de tacones resonaban por todo el suelo de la central. Circunspecta examinaba, saboreaba en el aire el olor del piso recién trapeado. La joven  caminaba con firmeza y desasosiego. La terminal parecía ser suya, Querétaro la esperaba con holganza, tan bohemia y folletinesca como siempre lo era. 

La gente la observaba, parecía entorpecer su andar con juiciosos vistazos. Lentamente, inexorablemente, las miradas de la gente comenzaron a desvestirla de manera violenta. Hubo un momento en el que su rostro se tornó bermejo, incluso con mayor magnitud que el rubor artificial de sus mejillas. Pero parecía ser que su orgullo era más grande, pues elegantemente la mujer se alzó el cuello como una avestruz (una pieza blanca y perfecta, carnoso trozo que despertaba la apetencia del público que giraba alrededor de ella). Cuando llegó a la salida de la terminal, un hombre le sonrió.

"Un buen esposo, un buen amante, un buen algo".

Cuando salí de la terminal, lo primero que vi fue una hilera de coches amarillos con cuadros negros. Había que esperar turno para abordar. Era curioso ver a los dálmatas estacionados enfrente de las puertas eléctricas, esperando y anunciando silenciosos el clima frío de Querétaro. 

—Por aquí joven. ¿Adónde lo llevo?

Un sujeto gordo y grasiento me sonrió. Mi equipaje aguardaba detrás de mí, temeroso. Miré hacia al cielo, había un conjunto de edificios nuevos en la ciudad que hacía tiempo no visitaba. Sin pensarlo dos veces, tomé mis maletas y me dirigí a la puerta del taxi. El sujeto regordete suspiró aliviado y tomó mi equipaje, la cajuela del automóvil expedía un olor pútrido. Una vez dentro del carro, mis ojos escurridizos repasaron alrededor. El sol era la luna, las nubes se cargaban de obscuridad y las luces de Querétaro comenzaban a brillar.

—¿Adónde lo llevo? -me preguntó el chofer mientras azotaba la puerta y encendía aquella vieja máquina.

Sonreí.

Un sonido estrepitoso, el glamour cotidiano de la gente, las avenidas repletas y las jacarandas muertas que ondulaban sometidas ante el viento álgido. El mundo circulaba afuera de la ventana, yo, adentro con el hedor a vainilla del taxi, mirando por el parabrisas absorto en el recuerdo. El norte se veía lejos, pero sabía que tarde o temprano llegaría a mi destino.

Xiadani me miraba con sus ojos serenos de siempre. 

"¿Crees que todo esto tuvo que pasar para que nos conociéramos?"

Una vez más,  Xiadani se camufló en las cortinas de la silenciosa noche. 

—De nuevo, sólo una vez más.- balbuceé entre sueños. El sujeto me despertó, habíamos llegado. Abría los ojos con dificultad y el cansancio me dificultaba mantenerme despierto.

—Buenas noches.-dijo el taxista.

Mi equipaje y yo. Solo y aletargado esperé en la recepción del hotel. 

"Llave del cuarto número 123".

Al final, llegué a salvo, tan sólo recuerdo que caí sobre la cama sin prepararla.

"¿Dónde estás?"— resonaba en mi cabeza la voz de Xiadani.

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