Sin dedicatoria


Me gustaba pensar que un día te miraría con el furor de poder desvanecerte. A veces caminábamos pusilánimes y pueriles sobre el adoquín de colores rosados, como las estúpidas rosas de abril que se cristalizan en un desliz absurdo por el aire delicado. 

Cuando muero, me gusta hacerlo con los ojos bien abiertos, de esta manera me aseguro de escrutar cada detalle del falaz ambiente que me rodea, voces, risas, un Dios imperfecto que me acecha con dos ventanas coronadas de adulterada sobriedad, y aquel monumento idiota con rizos señoriales que me persigue encadenado desde chico. 

Me gusta morir mientras los latidos de mi corazón disminuyen prestamente, justo en ese momento en el que el sudor frío empapa mi nunca, cuando el calor nubla mi vista con un destello de temor que obstaculiza mi sentidos con fragosidad inerte.

Paradójicamente, erróneamente, le temo. Le temo al exilio de mi propia consciencia, le temo inevitablemente al deseo de morir, a la muerte y a la cárcel de mi propia mente. Y aun así, me gusta pensar que en este estado, será el furor el impulso divino que toque tu puerta y te regale un sonido, un saludo incompleto o un conjunto de frases que te despierten el deseo de llamarme, aunque sea con señales de humo para hacer acto de presencia en mi negrura eludida.

Me gusta pensar que obviar lo palmario despierta la verdadera consciencia, pero no el discernimiento disfrazado de profundidad y que tanto se fortalece en este lugar tan folklórico. Me gusta obviar el hecho de que has reposado exánime como la luz del crepúsculo. Splish-splash, resuenan tus pequeñas zapatillas en mi cabeza al compás de un imagen de alegorías oblicuas. Boyas amarillas es lo que recuerdo, tu cuerpo infantil caminando sobre una cuerda floja de boyas amarillas, inane acto, endeble hechura que realizas con el afán de divertirte.

Cuando muero, no soy capaz de distinguirte, quizás tampoco de distinguirme a mí mismo, sólo floto cautivo en un lugar repleto de extenuadas quimeras. Es ahí cuando comprendo la naturaleza del fariseísmo, cuando reparo en el grandioso poder de distorsión del miedo.

Pero a veces, sólo a veces, muero con los ojos cerrados, en este estado a diferencia del anterior, puedo notar que eres más corpórea, más nítida y elemental que cuando soy inconsciente de mi propia muerte. Es maravilloso, quizás por algo la gente lo llama soñar.

imagen: especial