Finītus


En su lecho de muerte:

“¿Te das cuenta el tiempo que perdimos en discusiones estúpidas? Nunca hubo un ganador, los dos (y a veces más) perdimos cada batalla. Y el tiempo no volverá.

Sencillamente, ahora que no tengo nada que perder; es decir, ahora que lo perderé todo y que no importa lo que diga o callé, será; escúchame:

Nunca fui, nunca quise ser aquel que tu amarías incondicionalmente; tampoco pretendí hacerte modelo de mis ilusiones. El ideal no existe y esa no eres tú, ni yo, ni nosotros; sin embargo el “yo” que ambos cargamos fue lo que le puso sabor a mi vida. El descontrol de dos que deciden no ser uno, sino dos juntos. Como dos cuerdas que atan un nudo justo en el tercer cuarto de la base a la mente; así es, en el corazón. Y esa forma en que fuiste tú a mi lado y fui yo al tuyo era la forma más acertada. ¿Por qué? Porque la idea, al menos de mi parte, nunca fue satisfacerte por completo. No por falta de amor o entrega, sino por mantener la personalidad que te enamoró aquella noche, esa misma que te desenamoró minutos después cuando me viste platicando con una amiga tuya, justo el día en que nuestras vidas se cruzaban. Porque esa misma personalidad , medio año después, confrontaste con ese impulso por alejarme en un inicio, y mi respuesta tan acertadamente –y en realidad accidental- convenció tu noche, y la siguiente, y así.

Porque siempre fui sincero, no me permití modificar el carácter que me caracteriza, ni el tuyo. Tú pedías sinceridad, y como agradezco que sólo pidieras eso, porque era, y es, lo único que puedo ofrecer. Porque yo a cambio sólo te pedí confianza y paciencia.

Tus impulsos y mis traumas, nos robaron tiempo. Pero esa eras tú y este era yo; aún así ambos nos transformamos y dimos un salto cuántico a esta cama, tus manos en las mías, mi viejita; el fruto de nuestro amor, a mi lado. Y es tan deprimente para ustedes, puede ser; para mí, es el consuelo de un adiós que se me permite ofrecer. Amor sincero que reposaré en sus manos, mi viejita, cuídate y no me olvides. Si extráñame pero sé fuerte. Sé fuerte porque no te puedo decir que te espero allá arriba, si piensas en destinos paradisíacos  Sé fuerte porque te espero en la eternidad. Somos polvo estelar, ¿recuerdas? Bien, pues soy y seré, somos y seremos. No te preocupes que es natural. Es mortal. Pero inmortal es el amor que tengo por ti. Sigue así de bella, que nunca se pierde ese brillo en tus ojitos verdes, cuídamelos bien. Y canta, por favor cántame. Canta en cada luna llena, canta cada veintiocho días. Ahí es donde quiero estar: en tu recuerdo a media noche, "bebiendo café en el lunático universo.”

Y así, continúo hablando de un pasado, presente y dando tintes de un futuro en que esbozaba su ausencia. Una partida triste pero significativa. Hasta que finalmente su voz se difuminó y fue opacada por sesenta segundos de paz espectral, corrompidos por un llanto reprimido que terminó por desbordar. Así veintiún gramos partieron con una pequeña reflexión:

Animula, vagula, blandula
Hospes comesque corporis
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula,
Nec, ut soles, dabis iocos... 
–Adriano


 *Fotografía: especial