Minificción


Para no volver más. 


Era un gato, un gato cualquiera. El pelo gris, de pequeña estatura. Cada noche con su sola presencia engatusaba a la gata más linda del vecindario pero el problema era, que ella no salia de su hogar y no porque no quisiera, sino porque no podía.


El gato se escondía entre la basura detrás de un árbol, astuto y silencioso la miraba. Ella se volvía loca y los integrantes de su familia humana la trataban de callar, pero hasta que el dueño, el padre de la dueña verdadera de la gata no salía de la casa a ahuyentar y el gato se iba, la gata no callaba.


-Ven, escapemos -parecía que le decía el gato callejero que cada noche se escondía para mirarla.

-Espérame, no se cómo -maulló la gata, como si fuera el grito del humano.

Ella recorrió la casa maullando cada dos minutos. El padre malhumorado cogió un trapo y gritó:

-¡Basta!

La gata le gruñó, sólo eso, y luego camino de nuevo buscando una salida.

-Glime, ven acá -la llamó su dueña, la gata la miró, maulló y luego fue a la ventana. La dueña la siguió

-¿Otra vez el gato? -miró afuera de la ventana y no sólo había un gato sino también otro, blanco con pequeños círculos claros

 -Veo que son dos, ¿cual es, el de allá, o el de acá?

La gata miró a ambos y luego oteó en dirección al lugar donde el gato gris se encontraba. La dueña trató de observar al animal pero lo único visible se era una oreja puntiaguda, perfecta como la de un minino bebé.

-¿Qué pasa? -preguntó enojado el padre.

-Gatos -se encogió de hombros la pequeña dueña.


El padre sin su permiso salió y como cada noche trató de espantarlo, pero el gato se escondió más. Después de eso el señor entro al hogar. La gata esperó mirándolo mientras su dueña pasaba por detrás. Finalmente el gato gris se marchó, para no volver más.

fotografía: especial