La Princesa de los Siete Mares {ficción}




En la antigua Grecia vivía una princesa llamada Galia, era hija de un rey que poseía grandes riquezas y un hermoso castillo a la orilla del mar; Ella deseaba ser la dueña de todos los mares, por lo que su padre decidió comprarle a los dioses los siete mares que existían, solo para dárselos a su hija pues el sabia que los cuidaría como el tesoro más preciado.

Así el pueblo la conocía como "la princesa de los siete mares", ella era una mujer con un gran corazón pues aunque ella fuera de la realeza siempre daba paseos por el pueblo y platicaba con todos un poco, decía que “el dinero sólo servía para comprar cosas materiales, pero lo que en verdad importaba era lo que estaba en el corazón de cada persona”.

Todas las mañanas salía al muelle a dar un paseo, miraba el horizonte del mar y se preparaba para un nuevo día, cuando era hora de que el sol se escondiera corría con emoción al gran ventanal de su cuarto para apreciar como el mar transportaba lentamente al sol hacia otra dimensión, así lo imaginaba ella.

Su padre admiraba esa pasión que ella tenía por ayudar, por su empatía, por su solidaridad con toda la gente del pueblo y por otras tantas cualidades que ella tenía, era única, creativa, original, entusiasta, estaba seguro que el día que a él le tocara partir ella gobernaría con decisión y entrega.

Una mañana al regresar del muelle su padre la mando llamar, estaba tendido sobre la cama, respirando pesadamente, ese día que nunca pensó que llegaría había llegado, la nombro dueña de todo, la nombro gobernante del pueblo y solo así con su último suspiro dijo “cuida el tesoro que te he dejado, cuida el corazón que tienes pues pocos existen ya como el tuyo, no dejes ese entusiasmo y vida que das escondidos en un rincón, hija mía, siempre hasta en el lecho de tu muerto irradia luz como hoy y siempre lo has hecho”.

Sentía dolor y tristeza, era tan grande su pena, pero el deber que su padre había dejado en ella era muy grande como para deprimirse, con el tiempo las heridas sanarían y entendió que el día que ella partiera vería a su padre, pero antes debía cumplir con su deber en la Tierra.

La gente del pueblo admiraba su fortaleza, la manera en que todos los días se levantaba, sus ojos seguían irradiando esa luz especial, era un ejemplo a seguir y si los problemas abundaban ella solo decía “hay que seguir a pesar de la tormenta, hay que levantarse a pesar del raspón, hay que reir a pesar del llanto” y esa era su esencia, esa era ella “La Princesa de los Siete Mares”.

Los dioses estaban orgullosos del excelente trabajo que ella hacía, cuidaba a su pueblo y a su “tesorito” como ella llamaba a su hermoso mar, lo protegía tanto, a esa infinidad de agua que tal vez no tiene sentido pensar en cómo alguien puede enamorarse del mar, pero ella…ella lo había hecho, decía que admiraba al mar pues tenía el poder de destruir pero también el poder de dar tranquilidad, de arrullar con ese sonido de va y viene de las olas.

El tiempo pasó y aunque no siguiera siendo la misma jovencita, llena de energía seguía teniendo el mismo corazón apasionado.

Uno de esos atardeceres era distinto al resto de los que había visto en toda su vida por lo que al instante supo que ya era el tiempo de partir, de esconderse como el sol lo hacía, pero en cambio ella no volvería a salir, al menos no físicamente.

Esa misma noche en la que el cielo estaba lleno de estrellas mando llamar a su pueblo, les dijo que era tiempo de que ella partiera, les pidió que no olvidaran sus enseñanzas, que cuidaran su “tesorito” y que lo amaran tanto como ello lo hacía y que siempre que se sintieran caer o ya no poder seguir adelante, miraran el cielo y buscaran la estrella más brillante. Y murió, tal como su padre se lo había pedido, con una sonrisa en la cara, irradiando luz como siempre lo hacía y lo seguiría haciendo de una manera distinta, desde el hermoso cielo podría cuidar a su amado mar, el amor de su vida, ese que ella miraba preguntándose que había mas allá del horizonte y ahora podría verlo completo.

La princesa de los Siete Mares les dejó a todos una lección, enseño a su pueblo a vivir de una manera distinta a ver la vida por un ángulo ilógico tal vez, pues ¿Cómo se puede reír y llorar al mismo tiempo? ¿Cómo sentir felicidad y enojo? Pero ella lo logro, logro cambiar a un pequeño número de personas, ¿y qué diferencia hay entre grande y pequeño? Las personas que tienen marcado en su destino cambiar el mundo, aunque solo logren cambiar un alma, esa alma creara una cadena que cambiara a otra y otra; Porque las cosas más pequeñitas siempre terminan siendo las más maravillosas, inmensas e impactantes que alguien puede imaginar.