La montaña blanca 4to capítulo


Un acuerdo inesperado



Después de tres semanas y media, Felipe Linae dejó de ir al restaurante. Marianne empezó a angustiarse, por su mente, una algarada de cábalas deflagraban como flamas de desesperación, y que de la mano de un sentimiento de inverosimilitud, comenzaban a generarle nostalgia y melancolía.

Durante ese transcurso de incertidumbre, Marianne continuó estudiando más sobre la ciencia malkrovi. Comprendió el origen de los aromas, su razón de existencia, su poder sobre la gente.

Los aromas nos dan conocimiento y recuerdos. El conocimiento y los recuerdos son poder. La magia de los aromas va más allá de cuestiones estéticas o poéticas. 

Desde tiempos inmemoriales, se sabe que la naturaleza de los aromas es vital para el ciclo de la vida y la muerte. Los antiguos magos de la ciencia malkrovi, conocían la trascendencia de este hecho, y es por eso que descubrieron los cuatro principios básicos del aroma.

1.El aroma es el espíritu de los muertos.
2.El aroma le otorga al alma recuerdo y conocimiento, sin estos, el ser humano no podría tener memoria ni conocimiento.
3. El aroma es un ente que efectúa reacciones en el organismo.
4. El aroma es una representación de almas del pasado. Un aroma nace cada que una persona buena deja de existir.

Se sabe que en los códices de los antiguos magos Malkrovi, se describía la existencia de un lugar beatífico, dador de vida y forma, de donde todo proviene: la montaña blanca...

Después de dos semanas y media, el señor de las cejas rojas volvió a parecer. Marianne sintió un vuelco en el corazón al verlo de nuevo, tan campante y flemático como siempre. Quizás la joven Antiqo jamás sintió tanta emoción como la de ese día.

Aquella mañana la chica tenía que ocuparse del café. Consciente de la presencia ciclópea de Felipe, Marianne se pavoneaba con aparatoso y leonino nerviosismo. El señor de las cejas rojas había ordenado, como era costumbre, su tradicional café descafeinado sin azúcar. Marianne Antiqo preparaba el café de Felipe como si se tratara de una persona que no hubiera visto en años, sus manos nerviosas encendían la cafetera, acomodaban el plato y la cuchara, todo un conjunto de acciones que englobaban la naturaleza de su estado diligente. Después de haber terminado su obra funambulesca, la chica tomó una bocanada de aire y con paso firme se dirigió a la mesa.

El señor de las cejas rojas lucía igual de solemne, tan incógnito como siempre, leyendo las noticias locales del periódico matutino. Marianne lo miró por un momento, sus ojos se movían de manera danzarina, en un vaivén perpendicular mientras recogían cada palabra de aquel negruzco periódico.

-Aquí está su orden de siempre, señor. 

El joven despertó de su ensoñación sacudiendo ligeramente la cabeza. Felipe miró a Marianne con una mirada de sorpresa. 

- Por favor, dime Felipe, ambos somos casi de la misma edad.

La chica sonrió tiernamente.

-Bien, Felipe. ¿Desea algo más?

El joven Linae sonrío de tal manera que Marianne se sonrojó.

-Sí, ven, siéntate un rato.

Marianne negó con la cabeza.

-Disculpa, ahora estoy trabajando.

-Entonces esperaré hasta que termines tu turno del día.

De repente todo parecía un sueño, la chica sintió un punzada en la boca del estomago y presenció uno hormigueo en la entrepierna. ¿Por qué querría hablar con ella? 

-Mi hora de salida, es en la noche. ¿En verdad esperaría tanto tiempo?

Felipe hizo un ademán y rió.

-Esperaré.