La montaña blanca 3er capítulo


Felipe Linae


Dos años después, la joven empezó a trabajar de camarera en un viejo restaurante de la ciudad. No era el mejor trabajo, pero le ofrecían una pequeño departamento en el segundo piso del local, sin mencionar claro, que Marianne no tenía que preocuparse por comprar comida, cada determinada tenía derecho a comer lo que le apeteciera del restaurante.

A decir verdad era un lugar bonito, obscuro, cálido e impregnado a olor café. Marianne adoraba observar a la gente, era como ver una obra de teatro o una película, un conjunto de individuos que andaban preocupados, caminando dispersos en sus propias preocupaciones, sin siquiera notar que alrededor de ellos existía un mundo. Marianne de Antiqo aprendió con el tiempo, que cada sonrisa humana escondía su propia historia.

A pesar de que la joven se deleitaba con el aleatorio vagar de la gente, había alguien en particular que atraía gran parte de su atención: El señor de las cejas rojas.

A decir verdad no era un señor mayor, de hecho, sólo parecía unos años mayor que Marianne. Poseía un aspecto curtido, siempre vestía una copa negra con mangas de copa. Su extenso cabello era muy ondulado y obscuro, y sus ojos marrón, contrastaban de manera cimbreante con sus cejas de pingüino color rojo. 

El señor de las cejas rojas asistía todos los días a la cafetería. Marianne había notado que el joven tenía ciertas rutinas y acciones repetitivas, por ejemplo, que siempre pedía un café descafeinado sin azúcar, que cuando partía el pan, sus labios hacían un movimiento curioso, o el hecho de que usaba un palito de madera como agitador para el café; sin embargo, una de las cosas que más conmoción le causaba a Marianne, era que siempre dejaba una frase escrita en la servilleta, antes de pagar la cuenta.

"La vida está llena de muchos motivos."

Todos los días, tras la partida del señor de las cejas rojas, Marianne se acercaba a la mesa, retiraba los platos y al mismo tiempo cogía la servilleta para leer la frase del día. La joven Antiqo recolectó todas las frases durante meses, hasta que descubrió que todas construían un ensayo: 

La vida está llena de muchos motivos. Finalmente ¿qué es un motivo? si estos pueden ser improcedentes e impropios. Nunca  han sido claros los motivos de la gente, sus reacciones y facciones,  de tal manera que un “sí” puede significar un sí a medias, que en el fondo materializa el concepto “no” en su totalidad, haciendo que el lenguaje humano se vuelva palurdo y cateto; encerrándonos entonces, en un ciclo de decadencia que se sigue ejecutando de manera hostil. 

Nunca han sido claros los movimientos de la gente, caminan sin control, erráticamente; y en sus inanes intentos por ser felices, encuentran un motivo, un falso motivo, causa falaz con la cual pretenden cumplir sus ambiciosos sueños. 

A veces es inaudito el comportamiento de los seres humanos, sus afirmaciones estáticas, carentes de lógica, infundadas y aparentemente apoyadas en argumentos que finiquitan en falacias y silogismos.

El ser humano está cansado, muy cansado, harto de vagar por estos extensos caminos que parecen seguir la senda de lo desconocido; la senda del tiempo. Y en este mar de confusión, palabras ambiguas y extrañas revelaciones; presiento que el ser humano es ininteligible. El ser sapiente se siente extrañado, sus emociones lo conducen a estados incomprensibles, inefables, viven en su eterna necesidad de conocer la luz verdadera.  

Sólo el  juicio reflexivo de algunos es mucho más crítico que el de otros, quizás por que quiénes son concebidos como críticos poseen un don que no muchos tienen; la inteligencia. 

Los críticos viven inmersos en un universo de causas fútiles. Son ellos, quienes mantienen aún el equilibrio de este mundo, los mediadores de este proceso dialéctico del bien y el mal. En conjunto, con cierta rabdomancia,  los críticos son capaces de identificar las verdaderas causas, aun cuando estas estén tan contaminadas por la sociedad. 

Escondidos bajo el disfraz de un mesero, algún lechero, un arquitecto o incluso un artista, los críticos están ahí, esperando el caos, y el día en que puedan mostrarle su luz al mundo entero...

Con el tiempo, Marianne comenzó a sentir más curiosidad por aquel hombre. Hubo una vez cuando la chica de los ojos de miel  no pudo evitar demostrar su asombro. Aquel día, Marianne había salido a comprar el pan junto con su jefa.

-¿Qué sabe usted del señor de las cejase rojas?-preguntó.

La señora miró a Marianne con suspicacia.

-Es un sujeto extraño, vive en el centro de la ciudad, por lo que he escuchado. Dicen que se dedica al comercio. Su verdadero nombre es, Felipe, Felipe Linae.

Marianne sonrió. Dentro de sí creció una potestad de regocijo. 

"Así que se llama Felipe".