El buscador

El buscador [ficción]


Teresa no podía creer lo que él había hecho. Ya habían pasado varias semanas desde que Hernando desapareció llevándose a su amiga traidora Micaela a quién sabe qué lugar.  Teresa no se quedó sentada como una mujer enamorada que lloraba por los rincones, no. Ella empacó todo y con un sentimiento de venganza, tomó un taxi que la llevó hasta el mejor buscador de personas. Al llegar al lugar, Teresa soltó la plata en la cabeza del taxista quien refunfuñó y se marchó dejando manchas en la acera. 

-Es hora, tengo que buscarlo.-se dijo a sí misma mientras admiraba la casa de Ricardo, un amigo de la infancia que ahora trabajaba para una sociedad secreta.

Ella caminó, y al llegar a la puerta tocó el timbre. Cautelosamente miraba la puerta color blanca con absoluto interés, hacía mucho que ella no visitaba a su mejor amigo de la infancia. Él abrió la puerta y ella lo examinó. Ricardo portaba su pelo largo en una coleta. Su ropa en blanco y negro lo hacía ver viejo, a pesar de que sólo tenía unos treinta años. 

-Pasa querida, vamos a buscar a ese bastardo ¿bien? 

Ella entró y se dirigió sin miramientos a la habitación de su amigo. Era una habitación pequeña, con muebles en los costados, una cama de una plaza en el medio y un candelabro color plateado.

-Lo siento por no saludar, pero es que todavía no creo que me hayan hecho esto -se disculpó. Él la abrazo, pero ella simplemente se limitó a decir: "No estoy de humor Riqui".

-Lo se, creí que lo necesitabas. Dame algo para rastrearlo, numero de teléfono, de ropa, color de piel, número de pantalones.-bromeó el muchacho. Teresa rió.

-Gracias. Pues, su numero de teléfono es uno de los pocos que tiene el 987 en los tres dígitos finales. Color de piel blanca y de pantalones ni idea, ¿crees que cuando me acostaba con él me fijaba en el número de sus pantalones? ¡Loco! -se mofó ella.

Ricardo se sentó frente al computador y Teresa cogió una silla rotatoria y se puso a su lado. El comenzó a buscar con dedos hábiles en un sitio de máxima seguridad, el FBI. 

Hernando había cometido tres delitos antes:

Robo de un banco.
Homicidio
Abuso de un menor.

Pero por supuesto como toda mujer enamorada, Teresa creyó que él iba a cambiar. ¡Y cómo cambió!

Ahora era adorable, tanto que había atraído la atención de la mejor amiga de su novia, Micaela, una chica muy presumida por dentro, pero muy tímida y tierna por fuera, ella también había cambiado, tanto, que se había convertido no sólo en una enemiga de Teresa, si no también de la justicia. 

Pero a Teresa, una mujer honrada, enamoradiza, con juicio y madura no le importaba su amiga, lo quería a él pero no exactamente para amarlo, lo quería hacer pagar. Él no debió de haberse cruzado en su camino del trabajo, nunca debería de haber cruzado palabra con su ahora enemiga, ni haberla engañado. Por más que esta mujer honrada lo quisiera, su juicio le pedía venganza por cada noche de amor, días de sorpresas y besos, cada festividad que él la llevaba a pasear por lugares que cualquier mujer desearía.
 
-Listo, lo he encontrado. También he preparado mis maletas, así que vayámonos.

-¡No, no y no! Tú no te mueves de aquí, Ricardo, de esto me encargo yo.

-Te puede hacer daño ¿crees que soy tan tonto como para dejarte ir con ese imbécil? ¡pero ni loco!

-Ya estás loco, te recuerdo. Voy preparada, así que no hagas escándalo y quédate aquí.

Teresa salió de la habitación apurada, con su memoria palpitando en una dirección: CASINO LAS VEGAS. Pero claro, como Ricardo le había dicho, no la iba a dejar sola.

Una semana después ellos estaban en las vegas. Ricardo la había cansado con sus suplicas de no dejarla sola, de tal manera que aceptó y juntos abordaron al avión. 

-Casino las Vegas, aquí vamos.- dijo Teresa tratando de mostrarse emocionada. 

-Oye, oye, que si no lo atrapamos aquí por lo menos vamos a jugar algo. -dijo Ricardo.

Ella sin apartar sus manos del cristal se giró a verlo, lucia pálida, seria y cansada, y él no se quedaba atrás.

-Claro... jugar a algo. La verdad que si no lo atrapo hoy, espero que se tire de algún lado y se asesiné porque no lo querré ver nunca más. -dijo Teresa mientras le lanzaba una mirada iracunda a su amigo y negaba con la cabeza.

-Sabes que la venganza no es buena ¿cierto? Muchas veces te hace perder cosas que de verdad valían, y desear el mal a alguien, por más malo que sea, no soluciona nada. Si te acompaño es porque temo que ese desgraciado te haga algo.

-Porto un arma, si me hace algo disparo -se encogió de hombros -Sin sentimientos, él los ha matado a todos con sus mil y un promesas incumplidas.

-¿Y las que se cumplieron, que?

-Eran falsas.

Ricardo la miró expectante.

-Como quieras, lo hacemos pagar y nos vamos ¿bien?

-Bien.-asintió la chica.

Lo encontraron en una esquina besuqueándose con Micaela. Teresa cumplió su palabra, tan pronto como él le tocó el brazo, activó el arma liberando un disparo que hizo correr a los de su alrededor. Hernando se desangraba y Teresa poseía una mirada de pura maldad. Su ex mejor amiga temió por su vida y corrió, pero no logró escapar pues la mujer honrada mandó una bala directo a su corazón que hizo que Micaela cayera y se rompiera el cráneo contra una daga que había quedado tirada en el piso.

-Ya está, Tere, ya los has matado, has vengado el sufrimiento. ¡Vámonos antes que la policía nos descubra!

-¿Tienes miedo? -preguntó ella mientras guardaba el arma en su bota.

Ricardo la miraba suspicazmente, desde sus pies para luego subir su vista por las delgadas piernas de la chica y terminar mirando su cara flaca con pequeños ojos verdes y su pelo corto por el hombro castaño. 

-Temo por lo que nos pueda pasar a ambos.-asintió él.- ¡Vámonos ya!

Ella negó con la cabeza rotundamente. Al verla, Ricardo se aproximó a ella para zarandearla, ese simple acto despejó su juicio. Ahora se encontraba corriendo de la mano de su amigo por kilómetros hasta tomar un taxi, luego un avión para pronto llegar a casa de su amigo en la cual se quedaron semanas escondidos por temor a que las personas sospecharan algo.

imagen: especial