Cúspide del Cielo {8° capitulo}


Phill. Vida 3

Por: Karla Trugon

“La vida sucede entre un parpadeo y otro"



Demandada. Me han demandado. ¿Es siquiera posible demandar a un perro? Los humanos sí que se inventan cosas extrañas. Contaré mi versión de la historia, la cual por obvias razones no podía contarles a los humanos que arremetieron en mi contra. ¿Cómo se supone que me defienda si ni siquiera entienden mi idioma de ladridos?

24 horas antes me encontraba plácidamente descansando de una noche ajetreada, había tenido que rescatar a un cachorrito de una coladera, tenía miedo pues una rata enorme la acechaba en las sombras, era su primera existencia, Fugaz (era un alma de Cúspide del Cielo) que emocionada por conocer a su humano se lanzó por una existencia en la Tierra sin antes darle un vistazo a las indicaciones de cómo sobrevivir en el mundo. Aterrizó justo dentro de esa coladera y llevaba 4 días sin comer, bebiendo agua sucia y llorando, esperando que alguien le prestara atención; mas como era de esperarse nadie se detuvo a investigar de dónde provenían aquellos aullidos llenos de dolor. Cuando logré sacarla de ahí me aseguró que nunca regresaría a la Tierra: “está repleta de seres crueles y poco bondadosos”, me propuse mostrarle las razones por las que valía la pena existir. La dejé descansando fuera de un taller en el que la adoptaron, pero ambas sabíamos que ella debía seguir su camino y encontrar a su humano, así que me pidió que cada noche la ayudara a buscar.

Estaba exhausta, pero mi deber de proteger a Esteban era por lo que me encontraba en la Tierra, así que no importaba que tanto sueño sintiera debía ir con él a todo lugar. Mi humor (aunque no lo crean también nosotros tenemos uno, aunque lo controlamos mejor) estaba en el límite, tenia tanto sueño que cualquier cosa me irritaría.

A media cuadra de la casa de Cecilia vivía un alma irritante, yo soy un alma amigable y no me gusta juzgar sin antes conocer, pero Blacky (su nombre terrestre) no dejaba escapar ninguna buena oportunidad para molestar.

-¿Qué pasa Phill, larga noche cuidando de tus almas asustadas? No sé porque pierdes el tiempo en esas tonterías, no son más que tontos por lanzarse a la Tierra sin más ni más, todos pasamos por una primera existencia en la que no sabíamos cómo actuar, la única forma de que aprendan es dejar que se caigan solos.

Yo por mi parte decidí ignorarlo y seguir mi camino, aunque mi cuerpo sentía una adrenalina incontrolable por lanzarse encima de él y callarlo de una buena vez.

Pero eso sólo logro enfadarlo más y se me lanzo encima, todo colmillos y gruñidos, y como era de esperar fue la gota que derramo el vaso de mi fastidio. Pero había algo que no noté, cerca de donde comenzamos a pelear estaba una niña sentada, que al vernos pelear intentó separarnos; y Blacky en su frenetismo, se lanzó por ella y le alcanzó la pierna, la niña grito y comenzó a llorar de dolor y sus padres salieron de prisa para ver qué pasaba. Sus padres nos lanzaron agua fría, a la pequeña se la llevaron al hospital, su pierna no dejaba de sangrar.

Estaba realmente preocupada y a Blacky no parecía importarle lo que acababa de hacer, se alejó riendo sin parar, mientras yo regresaba a casa con un peso enorme en mi espalda de culpabilidad, si tan sólo no le hubiera seguido el juego. Esa fue la noche en la que entendí el parecido entre Cúspide y la Tierra, en ambos lugares existían almas y humanos malvados, pero no por eso se dejaría de creer en que aún se podía rescatarlos.

A las 2 de la tarde del día siguiente llegaba el citatorio, el antirrábico demandaba mi presencia para asegurarse de que no tenía ninguna enfermedad que hubiera podido transmitir en mi mordida, pero ¿Cómo podría decirles que no había sido yo?

La mamá de Cecilia y Esteban estaba realmente preocupada, ella sabía que yo podía llegar a ser muy “brava” mas nunca le haría daño a una niña.

Esa misma tarde fueron por mí, me llevaron a la perrera, los padres de la niña se aseguraron de que yo no regresara a casa. No había nadie en casa de Cecilia, por lo tanto no podrían saber en dónde me encontraba o que me había sucedido. El único pensamiento que tuve era que yo no podía morir, aun tenía una larga misión que llevar a cabo. Ya había escuchado horribles historias sobre como mataban a los perros en ese lugar de pesadilla. Shocks eléctricos.

Normalmente se supondría que esperaban un día  por si los dueños de algún perro iban por ellos, ¿pero quién iría por mí, si nadie sabía en donde estaba? Y lo peor de todo es que no me iban a dar el día completo, me matarían esa misma noche, -antes de terminar el turno- había dicho uno de los humanos.

El resto de la tarde transcurrió como si una tela negra lo cubriera todo, en una dimensión en la que el tiempo deja de existir, y de pronto, cuando el Sol se escondió, me encontraba en un cuarto sucio, con olor a muerte en el que solo había una manguera y una extraña maquina con unas pinzas en los extremos. Me mojaron el lomo, cerré los ojos recordando todo lo bueno de esta existencia, disculpándome con Cecilia por haberme marchado sin ni siquiera decir adiós, por ya no poder protegerla más. Escuche el sonido de la electricidad y alguien a lo lejos gritando ¡ALTO!...

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