La montaña blanca [2do capítulo]




Ocurrió una ocasión, tiempo antes de la temporada de lluvia, en que invadida por la densidad de sus enrevesados pensamientos, Marianne Antiqo le preguntó a su instructor:

-¿Por qué los Antiqo nunca hemos comercializado con las esencias, por qué sólo las fabricamos para nuestro propio uso?

Karo miró a su aprendiz con galantería.

-Porque el arte Malkrovi ha sido olvidado. Ya nadie gasta en esencias, la gente se ha olvidado de la importancia de los aromas. La realidad es, que es un negocio inasequible.

-¿Y si yo quisiera dedicarme al arte Malkrovi toda mi vida?

Su maestro frunció el ceño.

-¿Para qué? ¿Para perder el orgullo familiar? ¿Para dejar una carrera exitosa por un simple pasatiempo que no te dará solvencia económica?

Marianne miró fijamente los ojos de su maestro.

-Para dedicar mi vida a lo que alimenta mi espíritu.

Con el tiempo, llegó el día en que el cielo comenzó anubarrarse de manera inusitada. Esa mañana, Marianne regresaba de la faena cotidiana y odorífera de ensueño que tanto fruición le traía, empero, esta vez no fue como otras veces en que lo único que ocupaba su mente, era el anhelo sempiterno de permanecer junto a las flores. No, esta vez no fue así, esta vez caminaba a través del empedrado que conducía al vestíbulo con abulia y poca presteza. 

Cuando llegó al recibidor, su padre se encontraba sentado, como de costumbre, leyendo el periódico. Marianne observó a su viejo con detenimiento. Tenía el rostro de quien ha crecido a través de la experiencia, el destello de sus ojos marrón parecía hacer juego con su brillante y relamido cabello obscuro. Su cara no había cambiado mucho con el paso del tiempo, larga, delgada, pálida y estirada. Von de Antiqo movía sus curiosos ojos a través de sus lentes de lectura sin marco.

Al notar la presencia de su hija, Von de Antiqo se levantó y dejó el periódico sobre una mesita de marmol que se encontraba a su lado.

-Hija, ¿qué pasa?- preguntó Von al ver que su hija lo observa con sus grandes ojos cristalinos, henchidos de lágrimas de manera pletórica.

Marianne trató de hablar, pero su respiración entrecortó sus palabras. Finalmente dijo:

-Padre, no quiero ir a la universidad.

El rostro de su padre adquirió un tinte extraño.

-¿De qué hablas, Marianne?

La chica suspiró.

-No quiero dedicar mi vida al emporio, quiero vivir entre las fragancias, la ciencia Malkrovi, las flores, el aroma. Quiero hacer mi propia vida.

Su padre la miró con furia.

-Si haces eso, no heredarás la fortuna que te aguarda.

Marianne Antiqo sonrió tiernamente, colocó su brazo alrededor del cuello de su padre, y dijo.

-¿Qué mejor fortuna que la felicidad?

Años después, Marianne huyó de la mansión Antiqo. Durante los primeros meses vivió de la venta de flores en las calles, con los vagabundos, con el desengaño y la realidad del eterno y dialéctico proceso entre el bien y el mal.

Fotografía: Mioya. Nubes y la montaña blanca. 9 de enero del 2009 en fotocommunity.