La montaña blanca [1er capítulo]


Marianne de Antiqo.



Siempre le había gustado el olor de las flores, pero no de cualquier rosal, sólo de aquellas de los colores más brillantes, aquellas que relucían de ensueño sus pétalos de gran envergadura.

Poseía una naturaleza aislada, era reservada y un poco extravagante. Cuando quería opinar, sonreía con los ojos a través del cristal de sus lentes de gran tamaño, incluso, a veces un destello fugaz era protagonista de su ímpetu juvenil. A pesar de ser muy serena, Marianne siempre se caracterizó por ser de índole talante, de entereza compleja y firmeza indómita.

En sus tiempos de estudiante, pocos fueron los que deseaban cortejarla, no porque no fuera bella, sino porque era extraña. Siempre vestía con una playera muy holgada, y pantalones muy amplios, a veces pantalones cortos, sin mencionar claro, que siempre colgaba un dije alrededor de su cuello. 

Marianne Antiqo nunca careció de ningún bien material, era bien conocido por todos que provenía de una familia de buena cuantía, empresarios líderes de la zona. De cualquier modo, Marianne jamás heredó las costumbres irrisorias de su familia, mucho menos su fatuidad.

Cada mañana, cuando el sol dibujaba sus rayos sobre el marco de su ventana de manera canicular, los pájaros sincronizaban una copla que Marianne escuchaba con júbilo núbil.

"Te vendo mi tesoro, poca cosa, pero quizás en él hallas una rosa."

Esos fueron los tiempos previos a la guerra, cuando la lluvia no significaba tormento, y la brisa del mar aún traía consigo el recuerdo de un lugar lleno de luces y estrellas. 

"Ser tu alegría, sentirte mía. Son esas cosas imposibles que no fueron hechas para mí."

Las noches siempre son largas en los pueblos de la costa. Cuando el calor descansaba de su granítica labor, Marianne se cubría entre las sábanas y leía con delirio sobre la ciencia Malkrovi.

"Desde tiempos inmemoriales, se sabe que la naturaleza de los aromas es vital para el ciclo de la vida y la muerte. Los antiguos magos de la ciencia Malkrovi, conocían la trascendencia de este hecho, y es por eso que descubrieron los cuatro principios básicos del aroma."

En el universo de Marianne, no existían las ideas preconcebidas , todo se basaba en un sistema de relaciones estéticas, convencionales y semánticas que le daban significado a lo que la rodeaba, y el significado mismo, dependía del paradigma social. Si algo era bello, era porque existía algo feo; del mismo modo, si algo era bueno, era porque existía un signo que expresaba lo que era malo. Pero eso, sin duda alguna, es otra historia.

Después de muchos años, Marianne recibió arduo entrenamiento por parte de los mejores magos Malkrovi, en efecto, era poco sabido que la familia Antiqo poseía una afición por este extraño arte. Quizás en toda su vida, Marianne nunca había tenido un sentimiento de querencia tan grande como el que surgió en sus años de aprendiz. Durante las mañanas, la joven se deleitaba con el paso suave de sus pies descalzos sobre el verde pasto, se hizo rutinario sentir la brisa del rocío matutino; lentamente, semana tras semana, la chica se volvió conocedora de todos los aromas de su ingente jardín.

Cuando Marianne terminó sus estudios en el Bachillerato, sus padres la persuadieron de iniciar sus estudios universitarios en el recinto en donde se habían formado todos los miembros de la familia. Paulatinamente, y sin darse cuenta, Marianne empezó a sentir más amor por la ciencia Malkrovi que ningún otro miembro de la familia. La verdad era, que la joven amaba el olor de las flores, el sabor del recuerdo que se mantenía ferviente dentro de su pecho, la cálida y paradójica frescura de las esencias, el recuerdo, la esencia, el recuerdo y la esencia en conjunto con la materia y la forma del pensamiento.

La mansión Antiqo era un lugar único, blanco como el color del vapor de las nubes. Poseía una fachada clásica, repleta de torres y balcones imperiales. La entrada principal, lucía como un vado verdoso que desembocaba en una enorme puerta blanca. Marianne adoraba el soberano y principesco espacio en donde más que su cuerpo, habitaba su alma. Y no era extraño, desde niña disfrutaba de la usanza de correr por los pastizales y brincar entre los pilares de roca molida del gran patio. Al pasar los años, cuando Marianne Antiqo comenzó con el arte Malkrovi, uno de sus pasatiempos era permanecer en el laboratorio de esencias con su mentor. El lugar era suntuoso, la joven pasaba horas observando con delicadeza el correr de los aceites a través de los tubos de destilación, adoraba hacer uso del mortero para machacar nuevas semillas, flores y hierbas, pero sin duda, una de las cosas que más disfrutaba del laboratorio, era conversar con su mentor: Karo.

"El aroma es abstracción con cuerpo."- le decía su maestro.

-¿Por qué?

-Porque no se puede separar su esencia con la materia que lo contiene.-le respondía siempre.

Fotografía: Mioya. Nubes y la montaña blanca. 9 de enero del 2009 en fotocommunity.