La esposa ausente II

La mentira en su rostro




Te escribo esta carta porque no tengo el valor de decirlo de frente. Es decir, tú sabes que podría decirlo sin ningún pudor; el problema es que sé –y tú lo sabes mejor que nadie- que terminarás convenciéndome de quedarme a tu lado.

Hoy, como sabes, fui a la exposición de Surrealismo en Munal. Pudo ser un día normal, pude haber únicamente regresado y contarte cuánto la disfrute –o cuánto me aburrió, que tu sabes que no sería el caso... por aquello de mi nueva fascinación por Magritte… Sí, sí, sé que piensas que mis fascinaciones son como un juguete nuevo en manos de niño; después de un rato me aburren y me voy, también sabes que la inconsistencia es, posiblemente, mi mayor atributo-, pero no fue así. Miré un par de sus obras y me topé con una pareja que me recordó a nuestro pasado, calculo que apenas pasaban la mayoría de edad. Luego me tope con “Los amantes” y vaya impacto, me hizo dar mil vueltas al respecto; ¡en fin!, termine de curiosear y salí del lugar. Me topé con la misma pareja aún discutiendo. ¡Y vaya que me impacto de nuevo! Me apresuré para ir a casa…

Te miro y miro las fotografías que hace algunos años tomamos. Vacaciones para recordar en  donde disfrutamos de la soledad en pareja. Tu sonreías y yo también; y esa sonrisa parecía gritarle al mundo el momento perfecto –perfecto, ¡vaya palabra!- en el cual nos diluíamos.

Ahora, la sonrisa se ha difuminado dejando una mancha oscura; velo de ese recuerdo, ahora sólo presente en pedazos de papel encerado. ¿Acaso no eres la misma que en ese entontes? ¿Acaso olvidé como hacerte feliz? Y es que todo nació de tu deseo nupcial y mi deseo de cumplir tus deseos. Según parece este genio no supo cómo consolidar sus poderes con lo que realmente necesitabas, antes de lo que querías.

Y mi convicción por alcanzar la felicidad fue como encontrarte sedienta a la orilla del mar, intentando alcanzar las olas para hidratarte; mientras yo, al darme cuenta, corro en tu auxilio para acercarte bocanadas de esa agua salada; únicamente he logrado secarte, tú lo pediste y yo lo cumplí. Ahora me lamento, pues teniendo el poder para rescatarte, morimos en mis manos, tus caprichos y mi ignorancia.

Pero estas fotos me dicen que ese recuerdo existió, no es cosa mía, no es producto de mi imaginación. ¡Realmente existió! Ahora me pregunto si realmente eras feliz o sólo vivíamos en ficción creyéndonos dadores de sonrisas. Hagamos un experimento: quitemos las caras, ¡hay que borrarlas de todo el pasado juntos! ¿Qué dice el resto de tu cuerpo? Tus manos nunca en mi rostro, siempre sobre mi mano, nunca nuestros dedos se entrelazaron. Tus hombros presionando mi pecho y esa pose de retrato de bodas.

Conclusión: Tú nunca buscaste matrimonio, únicamente satisfacer tu boda –“boda… mas ad hoc si invertimos la “d”-. Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. 

Imagen: Los amantes - Rene Magritte (1928)