Cúspide del Cielo {7° capitulo}


Vida 3. Phill.
Por Karla Trugon.

“Este es, sin duda, el peor y mejor de todos los mundos”


Esta vez me sentía en completa seguridad y control de las situaciones a mi alrededor, nadie se acercaba a mi familia si yo presentía malas vibras. Fueron tiempos difíciles en casa de Cecilia, después del robo se sentía un espíritu de miedo que me encargué de sobrellevar con valentía, alguien de la familia debía tenerla y esta vez recayó en mí.

El hermano de Cecilia, Esteban, era un humano increíble, su bondad y generosidad me sorprendía, era un alma preocupada por los demás, a pesar de todo lo que la familia tuvo que sobrellevar desde la separación de sus padres, tanto Cecilia como Esteban crecieron como mejores personas y me enorgullecía saber que habían optado por las buenas decisiones y por tener bien claro que nada de lo que había sucedido era culpa de ellos, los problemas de sus padres eran aparte.

Cuando aterricé en la Tierra, me preguntaba si esta existencia seria larga o corta, no lo sabía, pues en realidad no tenía claro a qué exactamente había venido, sabía que era en parte para infundirles seguridad a Cecilia y a su familia, pero de ahí en fuera no creía tener otra misión. Pero así como el amanecer aclara la visión, entendí que estaba en la Tierra para cuidar de una de las personas más valiosas en la vida de Cecilia, su hermano menor, Esteban.

Esteban ya era un niño más grande, estaba en una etapa de su vida en la que salía con su pandilla de amigos de la colonia a jugar futbol y hacer travesuras, yo me convertí en parte de esa pandilla, todos sus amigos me querían y cuidaban, Phill siempre estaba detrás de ellos, asegurándose de que nadie les hiciera daño y espantando a otras almas traviesas que querían asustarlos, yo era su perro guardián.

Mi temperamento, eventualmente suscito quejas entre los demás humanos, me sentía tan valiente que no me importaba mostrarme hostil con los que se atrevían a molestar a mis niños, pues a todos los quería por igual. Trataba de controlarme, pues no quería traer problemas a mi familia.

Estaba determinada a ser fuerte y valiente, no me asustarían con escobas y piedras, yo tenía los mismos derechos que cualquier ser vivo de expresarse y este cuerpo simplemente era impulsivo, me daban ganas de hablar y gritar, luchar por todas las injusticias que veía hacia otras almas y así decidí que en esta existencia así como protegería a Cecilia y en especial a Esteban, también protegería a las almas que no sabían que hacer o cómo reaccionar, almas que se encontraban en su primera existencia en la Tierra.

Todas las noches, cuando me aseguraba de que toda la familia estaba a salvo y dormida me iba a las calles, me sentía una guardiana y así fue como siempre encontraba entre las sombras a pequeñas y temerosas almas, no sólo de Cúspide del Cielo, sino de otros tantos lugares del infinito cielo, me propuse enseñarles a ser valientes y amables con los humanos, a quererlos y entenderlos con sus altibajos de emociones; les ayudaba a encontrar un hogar y la mejor recompensa que me daban era guardar en mi memoria escenas de familias dando amor a cachorritos y no tan cachorritos, haciéndolos parte de sus vidas, aprendiendo a darles una oportunidad, pues nuestra especie los adora, es algo innato que a veces ustedes, humanos olvidan. Me divertía escuchar las alocadas historias que se inventaban Cecilia y Esteban sobre donde había estado la noche anterior, "seguro se fue de parranda" decía Cecilia, "se fue a pasear con Laila, es su novia, vive a unas casas de aquí" aseguraba Esteban. Estos humanos tan imaginativos, hacían de mi vida toda una aventura.

Cada historia, cada situación en las que me he encontrado envuelta me han convertido en una guerrera y en un valiente “ser peludo”. La Tierra no perecerá sin antes entender que familia no son sólo los humanos que la conforman, familia somos también nosotros que estamos al pie de su cama, o aguardando en la puerta en estado de alerta toda la noche, o cuidando un montón de botellas de plástico que les dará un día mas en este mundo, o nosotros que le gruñimos al hombre que paso en bicicleta, quizás quería hacerles daño, nosotros, esas bolas de pelo que nos comemos sus zapatos, orinamos la alfombra, enlodamos la casa, tiramos la ropa y hacemos travesura tras travesura, pero que sabemos también como consolarlos y cuando debemos únicamente estar ahí, cuando nadie más físicamente puede estar. Los amamos humanos, los amamos con un amor profundo, sincero y real.