La vida a cambio del sueño




Hugo Serrano.


Por: Pamela Herrera Feregrino.

Cuándo estás vacío buscas, buscas esa necesidad de salir, de recorrer, a veces por necesidad, a veces por instinto, a veces por supervivencia, pero caminas. Mi nombre es Hugo Serrano, provengo de Nicaragua, y yo caminé, caminé por supervivencia.

Empecé en Managua, mi ciudad, donde reside o residía mi familia si es que sigue viva. Caminé 350 kilómetros hasta la frontera hondureña, caminé con un grupo de gente, que hacía esa larga ruta por instinto, por necesidad, algunos eran tan osados que lo hacían por gusto. Al llegar a la frontera de Honduras  esperé junto con unas mil personas más a que llegará el tren, las vías están llenas de migrantes que esperan subir al tren que nos llevaría de la frontera sur de Guatemala a la entrada de la grande, la de México, ya llegando a México ya lo hemos logrado, así lo sentimos cuándo nuestros pies han atravesado ya 3 países.

Nos bajamos del tren  en las afueras de la Ciudad de Santa Elena, y en el centro de Petén, donde es nuestro punto de reunión, donde todo lo que ves son caras demacradas, pies lastimados, niños llorando, lo mismo que mi país, miseria, no pobreza….miseria. Justo en Petén estaba listo para contratar lo que en mi Nicaragua le llamamos coyote y ustedes llaman polleros, como si se tratara de un servicio turístico ofrecen sus servicios en cada puesto o lugar posible.

En Petén dormimos, la habitación me costaba 2 dólares, sí, ya nos cobran en dólares aunque sigamos en Guatemala, pero cualquier inmigrante con experiencia sabe que 2 dólares es un robo, pues los dólares los vamos a necesitar al intentar cruzar los crueles kilómetros de México, buscas cualquier resquicio para poder descansar, pero todo esta enrejado para evitarnos cual perros con sarna. Como sea, tratando de ahorrarme los 2 dólares, un sacerdote católico, Roberto Guevara nos brinda alojo en la iglesia, una comida diaria y nos presta su teléfono por 1 minuto 40 segundos.

En la ciudad de Santa Elena esperamos el tren otra vez, el tren que nos atravesaría todo México con pequeñas pausas en diferentes pueblitos sucios y pobres. Subí al tren y mis ojos vieron como recorrí miles de kilómetros esperando algún día verme recorrer millas. Llegué  a Nogales, contacté con mi coyote (su pollero), me trasladaría con un montón más de personas o pollos a Tucson donde nos recibiría otro pollero que nos acomodaría allá, por eso eran unos dólares extra.
El desierto de Nogales Sonora es lo más cruel del recorrido, es frío como el hielo por la noche y quema como el fuego por la tarde, cada parte de la naturaleza es hostil como recordándote que no eres bienvenido y que nunca debiste dejar la tierra que te vio nacer, todo es sucio, y por la arena y los pocos espacios con hierba ves cosas de otros que se quedaron atrás rezando para que no te conviertas en una cruz más.

No todos resisten, no todos resistimos. Al menos así lo recuerdo, porque ahí fue donde me encontraron, o al menos mis zapatos.

Fotografía:Pamela Herrera Feregrino.