El enemigo sin rostro [ficción]


El enemigo sin rostro.


Cuando noviembre llegaba, las hojarascas de los árboles se deslizaban a través de la suavidad del viento, patinando en declive como un conjunto de notas armoniosas que descendían en un nuevo renacer. Me gustaba sentir el calor omnisciente de los rayos del sol que se reflejaban de un modo entorpecedor y embriagante. Me gustaba el color aloque azafranado que expedía el astro de luz mientras la tarde llegaba a su fin, mientras mis pasos cansados se dirigían sigilosos en dirección a aquel semáforo inservible e inútil. 

Me encantaba ver la mágica potestad de tu desmayo, el poder de tu suspiro cautivador, y la naturaleza incógnita de tu condición arpada y eufónica. Recuerdo que adquirimos costumbres singulares, memorables momentos que se convirtieron en parte de mí, aunque sé bien que jamás pudiste observar nuestros rituales como yo lo hacía. 

Cuando el sol se escondía después de su fatigante faena, el soplo del viento empapaba tu rostro en un contraste de extraña naturaleza. Adoraba la forma flotante de tu cabellera negra con el despertar de aquel roce de ensueño. Era en esos momentos de estupor célico en los que la realidad reducía su existencia a un grado de simpleza paradójica, tu pelo danzarín en las olas del aire otoñal,  y el estático sentimiento que retumbaba sublime en mi pecho.

Cuando el tiempo apretaba nuestros deseos y las presiones cotidianas enervaban nuestra voluntad, recuerdo que descansábamos en alguna cafetería. Hubo veces en las que la noche llegaba a nosotros, el aire frío de la negrura nocturna revoloteaba y congelaba nuestros rostros, al mismo tiempo que las luces de la universidad iluminaban nuestro camino al andar. Me encantaba aquel sentimiento de ensoñación que me hacía sentir tan liviano. Tú, yo, tu manera tan particular de bailar, ver tu sonrisa mientras me acompañabas durante la cena, y observar tus ojos resplandecer al tiempo que alguna canción sonaba en el restaurante.

Y a pesar de la imposibilidad de amarme, a pesar de la incongruencia de mi anhelo más profundo, sabía bien que siempre podías mirar más a través de mí, incluso más de lo que cualquier otra persona veía, y fue en esa misma mirada tuya cuando descubrí un mundo dentro de ti. A partir de ese momento, con tan sólo decir tu nombre en medio del insomnio periódico, resurgía de lo más profundo ese sentimiento adolescente que jamás pensé sentir de nuevo.

Admito que solías ser muy dispersa, te escapabas por momentos. Aquella noche cerca de aquel edificio blanco, pude notar que habías desaparecido, no me extrañé de este hecho, ya que era algo repetitivo en ti. Cuando miré al frente, ahí estabas de nuevo, como diciendo ¿a dónde fuiste?. Empecé a caminar, sentía un hormigueo en mi cara y mi corazón latía con cada paso que daba. Es en esas situaciones en las que te das cuenta de que existe un piso debajo de tus pies, tan firme y tan inestable en forma paralela. Avancé, pero justo antes de llegar, apareció él, volteaste a verlo sorprendida, sonrió, él te sujetó de la mano y desaparecieron juntos en la obscuridad y el contraste sofocante de la luz del semáforo inútil. 

Mientras los miraba andar,  una melodía de aspecto peculiar resonaba en mis oídos: "De mañana mi amor, pediré el desayuno, tal vez". Y mientras los veía perderse por aquella masa ennegrecida y fría, no fui capaz de distinguir la silueta de tu amor entre la de la gente que caminaba por debajo del borrego cósmico. Pero incluso ante aquella situación adversa, aun tuve la fuerza para pode susurrar con el deseo de que llegara mi voz a tu oído: "Te quiero, chamaca".

La intensidad del viento aumentó, mi mundo se estremeció.  A través de un oteo que inspeccionaba con recelo al sujeto que tomaba tus manos de pétalo, tuve el valor, tuve el coraje de sonreír, de sentir felicidad ajena al saber que aquel hombre podía hacerte sonreír con tan sólo un ligero roce de sus dedos en tu mejilla. Incongruentemente me quedé allí, congelado en la llama gélida de aquella figura sombría, su derecho de antigüedad, su privilegio donado de la fama y la costumbre. Lentamente los vi desvanecer, mientras palmeabas suavemente con tu mano tu cabello, mientras la luna tejía una sonrisa burlona encima de mí, lentamente tu silueta y la de él se convirtieron en sombras extraviadas en un punto de fuga. Tú, yo, mi soledad, y la aplastante figura de mi enemigo sin rostro.

Fotografía: especial