El corral [cuento]

El corral

Querida amiga lectora:

¿Recuerda las plantas del jardín? Han cambiado mucho, quizás estén enfermas de nuevo. El doctor vino la semana pasada a revisarlas, dice que probablemente se trate de un caso "lapidus varela" ¿Quién sabe? quizás pueda ser cierto, quizás.

Las cosas han cambiado mucho desde que usted se marchó. A veces se oyen ruidos en la casa, tengo la certeza de que es el gato que se escabulle ágilmente por el techo mojado, algún ratón debe estar cazando el pobre. La verdad la he extrañado mucho, el vecino de enfrente no llena el vaso vacío que usted dejó con su ausencia. Por las noches no puedo dormir, no me gustaría pensar que las plantas se escapan de su corral, es como una pesadilla analizar esa idea. En mi sueños las veo correr, con sus dos patitas pisando el suelo como agudas agujas, furtivamente y con las voluntad de atormentarme con sus esbeltas partecitas, con sus ramitas estrangular lo más oscuro de mi ser, apretándome el cuello de manera lancinate.

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Querida amiga lectora:

Ayer regué a los borregos ¡qué bonitos se ven con sus esponjosas melenas blancas! así como fibras huecas que se llenan de volumen cuando absorben el agua, delicados y finos hilitos níveos que se contraen y se capolan de manera extraña. Me da risa pensar que los borregos son orzagas, la verdad es que lucen mas como celosías albugíneas. En fin, no me queda tiempo para ponerla al tanto de que ha ocurrido, si Dios me lo permite, lo haré mañana.

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Querida amiga lectora:

Hoy volvió a pasar, es penoso que lo diga, pero es necesario. Otra vez llegó ese calor; esa fatiga ímproba que me recorre de pies a cabeza, que me gira la visión, mientras yo cierro los ojos en busca de salvación. Sí, esa abrumadora angustia que me hace sentir un ser advenedizo de sí mismo. Él dice que es normal, debo hacerle caso, él suele tener la razón como usted bien lo sabe.

El otro día comimos tranquilamente, alimenté a las plantas como es costumbre. No sé porque esa tarea la encuentro placentera, creo que tiene una fascinación oculta. Pero no nos desviemos del tema, estoy seguro de que usted no tiene tiempo para leer cosas fútiles y carentes de significado. El punto es que las plantas me siguen mirando de manera perniciosa, me otean con sus pequeños ojitos, con sus ventanillas me desvisten y me hacen sentir inseguro (sí, sé que usted me advirtió que tuviera cuidado con ellas.) Siempre he sido muy necio, mi defecto es querer obtener respuestas de todo, hasta de cómo es que las nubes se apelmazan para formar agua de manera augusta, pero ya sabe lo que dicen, la curiosidad mató al gato. Por cierto, escucho de nuevo pisadas en el techo, creo que el gato ha dado con su presa al fin.

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Querida amiga lectora:

Otra vez las plantas hicieron de la suyas, Martina dice que está bien, que no es necesario que las reprenda tanto. Ya sabe como son, apenas uno alza la voz y se agazapan en la esquina de la pared. Menos mal que esta vez no se comieron el pasto.

La cena estuvo muy buena, la señora gorda cada vez cocina mejor, lo que me hace pensar ¿Qué fue del perro José? quizás las fieras del corral se lo hayan comido, con esas plantas nunca se puede estar seguro. Sinceramente pienso que ellas saben que usted jamás volverá, esa puede ser la razón de que se hayan vuelto tan agresivas. ¿O fue el cambio de alimento?

Él vino ayer con la cara larga y cuitada, sé que me esconde algo. Me ha dicho que también ha tenido pesadillas con las plantas. Nosotros sabemos lo importante que son ellas para usted, pero creo que cuidar de su jardín es más complicado de lo que pensamos. A veces me siento cansada, hastiada de sus chillidos. Juraría que dicen mi nombre: "Vanessa, Vanessa" Nos da miedo pasar por enfrente de ellas cuando la casa y el jardín ya están obscuros.

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Querida amiga lectora:

¿Ha escuchado a Regina cantar? es excelente. Seguro que sí la ha escuchado cantar. El otro día me dedicó una canción , inclusive me regaló su autógrafo en una servilleta que decía: "Para Enrique, un gran amigo mío."

Hoy no pude dormir, sí, otra vez ellas. Pero esta vez fue un evento diferente, esta vez el asunto no permaneció en un simple nivel onírico, realmente las escuche, planeaban como escapar del corral. Las oí con sus voces chillonas y lastimosas, como dos mujeres viejas que gritan descontroladas. El miedo me tiene paralizado, quizás permanezca inmóvil durante días. Le he pedido a Martina que no venga a hacer el aseo, no queremos que alguien muera por nuestra culpa. Nos sentimos acorralados, las hemos ofendido, no queremos salir de la habitación.

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Querida amiga lectora:

Escribimos esto inmersos en la penumbra de la noche, a veces nos lanzamos miradas furtivas, intentando adivinar qué tanto han logrado avanzar sus plantas. Llevamos días sin salir de la recamara principal ¿Qué cómo hemos sobrevivido? Bueno, después de muchas noches sin dormir, ideamos un sistema para poder tomar algunas provisiones; lo hacemos durante el día, cuando las plantas están distraídas en sus proceso de fotosíntesis. Cuando están en el acto mismo, uno de nosotros se queda resguardando la habitación (regularmente soy yo, pues soy la mujer de la casa) Mientras el otro se desplaza sigilosamente; sin levantar la menor sospecha, camina sobre las puntas de los pies, atento a cualquier ruido, oteando con circunspección cada esquina del tenebroso pasillo. Cuando está seguro de tener el camino libre, se arrastra por las escaleras y llega hasta la cocina. Una vez ahí, con mucha cautela toma una bolsa de la alacena, y la llena de todo lo necesario. Realizamos esta actividad una vez a la semana.

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Querida amiga lectora:

Hoy se cumple un mes de que estamos aquí. Las plantas ya tienen el control de toda la casa, desafortunadamente no hemos podido bajar a la cocina. De vez en cuando pienso que la que está encerrada en el corral soy yo, y que ellas son las verdaderas dueñas de la casa. Me duele la cabeza punzantemente, iré a dormir un poco, después seguiré escribiendo.

La sed y el hambre me están matando, la soledad me corrompe. Él tiene sus costumbres, es complicado vivir en un lugar concurrido con otra persona. Es como intentar meter dos peces en una pecera minúscula, viendo como revolotean sus aletas con desesperación (pude haberlo descrito mejor, pero así me lo he imaginado)

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Querida amiga lectora:

Las plantas han decido mudarse de nuestra casa, creo que ya no le encuentran diversión al hecho de torturarme.

He podido salir, sentí un viento gélido en las mejillas cuando abrí la puerta de la habitación, estoy conmocionada, ¡por fin han dejado de atormentarme! Con todo; Martina y las señora gorda no han vuelto aún, probablemente por miedo. Hace un día él vino muy asustado, dice que su perro le habla, ¡claro! seguro intenta tomarme el pelo con esa historia.

Nos sentimos como nunca; gracias a Dios nos liberamos de las plantas, aunque comienza a preocuparme aquella vieja cómoda, me mira de manera muy fría. Espero que ahora los muebles no sean un problema. En fin, hablaremos en otra ocasión, ahora estoy ocupada. Acabo de recibir una carta de un tal Enrique Gonzáles, ¡Está loco! debería de leer lo que dice. Asegura que sus borregos han querido matarlo ¡qué risa! como si tal cosa fuese posible.