ORLANDO EQUIS [RELATO] 2DO CAPÍTULO


Tu calor y el mío, tántricamente correctos.




Así bien, cerca el uno del otro. Tántricamente correctos. Sentados frente a frente, tus piernas sobre las mías, nuestros chakras alineados en el más simple ejemplo de unidad, al ser vistos de espalda: tras la tuya, yo desaparezco y pareces estar sola, tan sola y tan completa; tras la mía, parezco estar solo, tan solo y completamente atemporal, estático. 

Tu calor con el mío comienzan a mezclarse, desplazando rápidamente el aire frío que nos separa; una tormenta es creada entre nuestros calores y el frío del abismo, huracanes lo desplazan, el terremoto nos acerca. Tus manos y las mías se sorprenden con lo torpes e inútiles que resultan para el momento, avergonzadas, ambas buscan descansar en las piernas que las sostienen como madre protectora, cuando su pequeño de tan sólo dos años corre aterrado a sus brazos que le dicen que todo estará bien. Tu boca, entreabierta respira lentamente en armonía con el aire que sostengo, en equilibrio con el aire que libero. 

Te miro a los ojos con gran velocidad, sostengo el momento en fracción de segundos a la izquierda y luego cambio a la derecha, hago cada vistazo eterno y la velocidad con la que alterno es tan grande que pensaría que en ambos lados veo la misma mirada que me sostiene, de no ser por ese lunar que pinta sutilmente a tu derecha, cercano a tu pupila. Te miro… ¡Y por un momento me absorbes! El color de tus ojos me succiona y te siento, te siento y me veo y comprendo lo que llamamos amor y me doy cuenta lo superficial e inútil que lo he etiquetado.

Y así permanecemos eternos, sin hambre, sin sed, sin tiempo. Tu sístole coincide con mi diástole, y le damos continuidad a nuestras existencias que ahora juntos, se simplifican. La sincronía de nuestros latidos se convierte en pistones y caemos en la duplicidad suspendidos en el espacio, pero en moción en nuestro espacio.

De pronto, sin previo aviso te despides y me doy cuenta que he estado cayendo en bunggie, justo en este momento en que me siento parte de ti, me doy cuenta que he llegado al punto más lejano y la cuerda no podría estar más tensa, debo regresar. Lo entiendo, no lo quiero, pero lo entiendo y me despido con una mirada y una promesa de retorno mientras salgo del nirvana para regresar.

La paz perturbada cual sueño profundo es amenazada por un balde de agua helada: el teléfono suena.

Ahora me pregunto ¿Quién eres? No conozco el rostro que recuerdo. La sensación y la paz, son también indescriptibles. También me pregunto ¿A quién putas se le ocurre llamar a las 5:45 am? Me arrebatan el sueño más profundo y significativo. Me arrancan la ilusión de un amor sobrenatural. Ni hablar, supongo que todo momento de epifanía solo viene a revelarse, a darme una pista, a lanzarme de nuevo esta vez sin cuerda, sin garantía, sin comodidad, sólo aventura. Creo que es momento de… lo olvidaba, el teléfono.

-Orlando, debes venir…. tu… tu… tu madre ha…


Christopher Cedillo.