Orlando Equis [relato] 1er capítulo


La monotonía también cansa. 

 Por Christopher Cedillo


Preámbulo: Plasmar lo abstracto en una persona totalmente idealizada es el intento por transmitir los argumentos que he venido presentado en un ente más cercano a la realidad. Todos y todo aquí es ficticio y cualquier parecido con la realidad probablemente es tu proyección que busca identidad en los versos leídos de este, y todo lo que sueles leer. Así les presento la primera parte de una vida monótona que corroe la existencia.

Desde el momento en que nació, Orlando estaba destinado a cargar el apellido Equis. Resultado de un mal uso del condón por una pareja que apenas se toca, a penas se quiere, y de vez en cuando comparten cama en una casa de dos habitaciones en una colonia de clase media baja.

Su padre Ernesto, después de tener un aburrido noviazgo de 7 años con María Isabel, un día decidió proponerle matrimonio mientras caminaban con el parque, con un anillo barato y una creatividad sorprendente por su ausencia para declararse.

Su madre María Isabel (a quien Orlando solía llamar “Mimi” desde el momento en que un sonido gutural se confundió con una palabra) era la novena hija de un matrimonio de provincia; para ella, la capital era el único sitio donde podía huir del yugo protector de sus padres, el cual la condenaba a cuidarse hasta que ambos perecieran. El matrimonio, una manera de sobrevivir; Ernesto, alguien a quien creyó que con anillo en dedo aprendería a amar.

Ernesto nunca quiso un hijo, y la llegada de Orlando cayó como una cadena más que reprimía sus deseos de escapar de una realidad que nunca quiso. Por ende, el instinto de protección paternal acompañó su creatividad, en algún rincón de su reprimida conciencia.

Es de suponer que Orlando creció bajo la protección de su madre y el gozo de un poder sobre ella (realmente el poder fluía en sentido contrario) suficiente para que cada capricho fuera satisfecho. Esta relación le desarrollo cierta repulsión por las mujeres; la falta de una figura paterna y su personalidad un tanto afeminada, lo separó de los hombres. Orlando creció sin novia, sin amigos y sin padre. Durante su vida hasta la adolescencia, no fue el gran atleta, ni el más guapo, ni el más inteligente. Nunca fue “el más” pero tampoco “el menos” en nada. Fue lo suficiente para sobrevivir.

Orlando cumplió 17 años y María Isabel comprendió que él necesitaba conocer el mundo y desprenderse del cordón umbilical, así que mandó a su retoño a estudiar la universidad lejos del nido, a 7 horas de distancia en auto, 10 en autobús; con ello se aseguro que ninguno tendría las herramientas o convicción suficiente para frecuentarse semana a semana. Ella creía que su vida cambiaría: que en su carrera de administración de empresas conocería gente, sería exitoso, tendría amigos, conseguiría una novia decente con la cual se casaría y tendría hijos, que algún día la visitaría; que sería algo tan diferente como emocionante. María no se equivocó del todo al creer que habría cambios. Algo cambió, para su desgracia fue la muerte de Ernesto, su esposo, quien fue atropellado por un ebrio al volante; para la desgracia de Ernesto, nadie sintió su partida.

No es que Orlando hubiera tenido preferencia por los hombres al ser tan unido a su madre, ni que nunca hubiera estado con una mujer; sí tuvo contacto sexual y con más de una (dos, no exageremos) pero nada con significado, ni para él, ni para ellas.

Su incorporación al mundo laboral fue transparente, en un rol de oficina en el cual, semana a semana elaboraba los mismos reportes sin mayor complicación, pero tampoco sin mayor oportunidad, ni deseo de crecer. En lo personal era aun más aburrido, ya que después del trabajo, lo más trascendente era una llamada con su Mimi antes de dormir.

El día que Orlando cumplió cuarenta años, como cada año, en la oficina nadie lo notó. Su celebración fue la misma que había adoptado cinco años atrás: Un six-pack de cervezas, una pizza grande, una película; y claro, la llamada de Mimi.

A los cuarenta años, algo pasa que comienzas a evaluar que has hecho de tu vida y como las decisiones que tomaste, para bien o para mal, te han colocado justo donde estás: en ese sillón mal oliente comiendo y bebiendo solo, solterón y aburrido. Hay quien llega a este punto y se compra un convertible para saciar su tristeza, mientras  que otros caen en  una profunda depresión y se suicidan; pero no, Orlando era muy pobre para comprar un convertible y muy cobarde para quitarse la vida; así que después de terminar sus cervezas, quedar satisfecho y haber colgado con su Mimi, fue a la cama con el claro deseo de cambiar su vida.

A las 5:45 am, justo quince minutos antes de escuchar su despertador, sonó el teléfono, era el vecino de su madre: “Orlando, debes venir…. tu… tu… tu madre ha muerto”.

(Continuará)