La guerra en silencio. [Ficción]


Querida Elizabeth:

Esta carta es un océano de dedicatorias, de palabras confusas que alguna vez has leído en mis cuentos. Es un océano que no tiene final, una obra llena de pensamientos dolorosos, amores imposibles y temores surrealistas. Esta es una carta de amor que empezaré sin saber que decir, y que terminaré sin saber lo que he dicho.

¿Recuerdas cuando nos conocimos? Por aquellos días cuando pensabas que el mundo giraba alrededor de ti, mientras que yo, envuelto en la bahorrina de una mala fama, de un complejo hipercodificado que lentamente tergiversaba la claridad de tu núcleo social. ¿Recuerdas cómo me acerqué a ti ese día? tímidamente tomé la iniciativa de hablarte, no sé por qué, no sé qué fue lo que me atrajo a ti, quizás fue la comodidad de tenerte cerca, o la brecha que abrieron tus ojos color marrón cuando en un oteo sutil me atraparon. Puedo encontrar diversos factores, tal vez haya sido el estupor etéreo de tu desmayo, o el embelesado ritmo de tu cabello y tu sonrisa, no lo sé, quizás haya sido el destino, pero ahora que veo todo en retrospectiva, soy consciente, soy consciente de cómo un momento baladí puede cambiar tu vida, pero también, soy consciente de cómo desearía nunca haberte conocido.

Recuerdo perfectamente nuestra primera charla, tu pasmado asombro, tu miedo enfrascado y tu curiosidad hechizada. Elizabeth, no tengo la certeza, pero quizás sí haya un motivo por el cual todo haya pasado, quizás por el simple hecho de que existe una fuerza más impactante que la gravedad misma: el amor.

Desde ese momento, amor, nuestros encuentros se concentraron en miradas incómodas, palabras encriptadas, abstraídos deseos que nos condujeron lentamente a una relación de amor-odio, adictiva, diferente, alucinantemente extraordinaria. Recuerdo también, que fue una etapa difícil, pretendía ausentarme en un inane y fútil intento por hacerte feliz, pero la realidad era, amor mío, que ninguno de los dos podía ser feliz mientras no estuviéramos juntos.

Con el paso de los meses, nos volvimos seres automatizados, entes que oscilaban en un vaivén sin fin, yo cedía, tú cedías, pero ninguno lo hacía en realidad. Misteriosos son los designios de la vida, hasta que un día nos reencontramos, y fue en ese mismo momento cuando nuestra verdadera historia nació: la historia de un amor sin límites que pretendía cambiar al mundo.

Recuerdo bien el transcurso de aquellas cuatro semanas, congelados en el silencio de la noche, con el teléfono en nuestro oído hasta las 4 de la mañana, hablando de todo y reduciendo nuestras conversaciones a nada: fútiles palabras, portentosos recuerdos, risas, chistes, anecdóticas parábolas que se volvieron parte de mí; "palabrotas" y demás neologismos lingüísticos. Recuerdo nuestras carcajadas en la fría obscuridad, el sonido de tus labios, el chasquido de un mueble viejo que requería de atención, el sonido de mi televisión, y la voz de tu esencia que se convirtió en costumbre. Recuerdo que mi madre me miraba tiernamente en las tardes, que mis manos no descansaban de tanto texto, tanta información que fluía entre nosotros en un proceso de comunicación fructuoso. Recuerdo nuestra primera salida, la risotada incasable de nuestras almas dentro del cine, nuestros cuchicheos, el agua para elefantes que terminó volviéndose en un grito de susto por parte de una curiosa señora, aquella que se volvió motivo de alegría durante muchos días. Recuerdo nuestras pláticas en el coche, yo abrazándote por la cintura, mientras recargabas tu frente en la mía, mientras tu madre manejaba furiosa y ansiosa por ver a su novio.

El tiempo siguió pasando hasta que llegó tu primer te amo, recuerdo que mi corazón se estremeció como nunca lo ha hecho desde entonces. Recuerdo nuestros andares por álamos, por el parque, por la avenida del río que nos conducía a tu antigua casa. Todavía puedo sentir, amor mío, el calor del sol que quemaba mi ropa, nuestras largas caminatas acompañadas de risas y palabras, el sol, la luz, el sol rubicundo como siempre lo es en verano. Recuerdo como tus besos eran fuego del desierto, nunca se apagaban.

Ahora que ha pasado el tiempo, ahora que se me ha acabado el tiempo, me doy cuenta que mi vida contigo, voy a decirlo, mi vida contigo fue una oasis de tranquilidad. Me volví adicto al color de tus ojos, a tu risa, adopté cada parte de ti como un tatuaje de sangre en mi piel, como una cicatriz que nunca se borra. El sushi, el tiempo, el reloj del tiempo, el placer de besarte, nuestras manos unidas de manera sufragánea, tus ojos tiernos y serenos, las fotografías del parque 2000, las preguntas codificadas en tus respuestas, la respuesta misma, y la verdad de un amor que murió por joven. Recuerdo como una senda del tiempo, tus brazos, tus besos, el aroma de tu pelo, el tibio roce de tus dedos con los míos, el señero momento, el único y señero momento de mi corazón junto al tuyo.

Hoy, amor mío, no hay momento en que pueda dejarte, conservo una fotografía nuestra en mi rincón más preciado, como lo más sagrado en mi vida, claro, después de nosotros dos. Pero a pesar de todo, amor mío, tengo que reconocer que tenías razón, tengo que dejarte ir, porque el orgullo deja heridas en el alma, heridas en el alma que a veces no curan.

Me voy, pero no te dejo. Te dejo mi vida, mi corazón, el recuerdo impreso de esta carta, mis besos y el corazón de mi espíritu. Te dejo a Julio Cortázar, a Borges, the Beatles, a Blink182. Te lo dejo todo, no me quedo con nada, sólo con el sabor del recuerdo y el sabor de tu último beso, el sabor de una taza de chocolate caliente.

Me voy para siempre, me voy de aquí, me voy de tu vida, no más mensajes, no más peleas, te dejo feliz como veo que eres. Me desaparezco de esta abrumadora realidad. No sé a dónde vaya, pero algo es seguro amor mío, ya no me encontrarás, me voy para siempre, y de todo lo que sabes de mí, mi escuela, mi correo electrónico, mi número telefónico, de todo sólo quedará una huella. Me voy de este mundo de ilusiones, y me voy con la convicción de que a tu lado fui muy feliz, con un eterno agradecimiento que resonará en tu pecho hasta mi último aliento.

Me voy, pero no te dejo, querida amiga lectora, me voy de aquí con un destello en mis ojos, con el credo infinito que impele mis motivos. Me voy con la luz y la fe de que quizás algún día, en algún momento, pueda mirar al cielo y decir, "mi paraíso estuvo contigo". Otro día, quizás cuando el aire huela de nuevo a ti, cuando tenga hijos, esposa o nietos, me voy con la esperanza, con la esperanza y el firme pensamiento, aquel recuerdo que me atormentará hasta el final de mi días y que retumbará en mi mente diciendo: "Quizás mañana, quizás luego, quizás algún día podamos volver a estar juntos". Me voy con el deseo de reencontrarme contigo en un lugar lejano, en aquel lugar que sólo tú y yo conocemos y que nadie jamás, amor mío, podrá habitar de nuevo.

fotografía: especial