El Dragón Del Sol 29

Alberto


El aire movía tu cabello obscuro y tus manos lo contenían nerviosa. 

Los últimos rayos del sol te besaban el brazo izquierdo de forma sutil, como si la luz te pidiera permiso para posar su gloria sobre tu piel desnuda. 

Hablabas y tus labios de rocío me despertaban unas ganas descomunales de besarte. Olías a mango silvestre, sin maquillaje, sin tacones. Olías a zapatos de goma y falda de tela suave. Olías y el hogar de tu celeridad mental comenzaba a fragmentarse. Compartíamos una cuna de similares características y eso me gustaba. 

Seguías hablando y yo te seguía mirando como quien mira el océano por vez primera. Eso eras, yo nunca había visto el mar tan inmenso como se presentaba en ti. La eternidad de tu canto murió, desperté. 

Temeroso puse mi mano sobre tu hombro izquierdo, no sabía si era digno de tocar lo mismo que el sol. No sabía si era digno de tan siquiera mirar lo que Dios miró en ti cuando te creó. A pesar de todo lo hice, posé mi mano sobre tu hombro y te dije: te quiero. Sonreíste y en esa sonrisa me volviste parte de ti para siempre.

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La vacía definición de este amor




Excluyendo la posibilidad de realidades concéntricas, he llegado a la conclusión:

Este amor se define en blanco.
Sin síndrome de Estocolmo.

Se define por la ausencia,
porque se nutre del vacío,
porque la felicidad nos llega del "te extraño" 
tan necesario para la obligar la proximidad,
de esa curiosa sensación de nostalgia.

Porque este amor, finalmente sucumbe en el encuentro,
en el "te amo" que tanta falta nos hace,
en el punto en que nuestros cuerpos conspiran en convergencia.


Justo ahí fallecemos.



A la llegada de "buenas noches",
"igualmente" y,

el "me vale madres" que nadie dice.

El Dragón Del Sol 28

Ricardo



“Ese hijo de puta no podrá molestarnos.”

La ayuda de Hector García le había caído como un juguete nuevo a un niño desamparado. Desde el día en que su hermana había hablado con el rector de Ciudad Cereza respecto al Dragón Del Sol, tanto Cecilia como él se sentían más seguros jugando al amor y las escondidas. A pesar del enorme miedo, le gustaba el riesgo y la adrenalina de amar a su hermana bajo la mirada de un genio maldito.

Ricardo y Cecilia hacían el amor siempre que podían. Cuando el frío les quemaba las entrañas y el primer rayo del sol los espiaba por la ventana. Hacían el amor sin prisa, de pie o acostados, sentados o acurrucados en el sofá. Hacían el amor callados, entre sollozos de algodón y lino rasgado. Hacían el amor como la geometría les daba a entender, alternando las distintas formas del cóncavo y el convexo. Lo más importante es que hacían el amor, mientras que con Tom Tom fingía ser el padre de su oquedad sensible e inocente. 

“Eres mi primera vez, Ricardo, por favor no me decepciones.”

Eso le había dicho Valeria la cuarta noche que pasaron juntos en Europa. 

“Yo jamás te lastimaría, suavecita.”

Suavecita era su apodo favorito para ella. Suavecita era y suavecito entró en su guarida sagrada. Sintió la cascada de su vibrar temoroso, la humedad y el chasquido del ariete atravesando el portón de su intimidad diminuta. Valeria no soltaba gemido alguno, silbaba como un pájaro libre conociendo el cielo por primera vez.

“Te amo, Ricardo.”

Susurraba despacio con cada contracción de su cuerpo.

Las cosas eran tan diferentes ahora. Cuidaba de su trofeo y alejaba a todo aquel que quisiera admirarlo. El espíritu libre de Tom Tom lo enfermaba, lo enfermaba saber que ella no daba la vida por nadie, que no amaba a nadie más con la misma intensidad de lo que se amaba a sí misma. Le molestaba su concepción de dos y no de uno sólo. Ricardo quería que ella concibiera su relación como a una misma persona, no como a un acuerdo de dos que compartían la vida juntos. Le molestaba Alberto, ese enano repulsivo que pasaba tantas horas con ella. Ese maldito enano que miraba a su novia como si nunca hubiera visto a una mujer en su vida.

En ocasiones lo saludaba, le apretaba la mano fuerte y le sonreía con hipocresía. Ricardo podía oler sus intenciones como un sabueso. Alberto la quería; y no sólo eso, la adoraba. Quintana podía ver el deseo dentro de los ojos marrones del chico, los ojos marrones más fríos que jamás había visto. A pesar de todo le divertía ser testigo de ese ritual, Tom Tom lo buscaba, sí, pero no le correspondía. Era como ver a un niño corriendo tras una cometa, tan inalcanzable y lejana. 

Porque más allá de los celos, más allá de lo mucho que le molestara que hablara con él, Ricardo tenía la certeza de que Tom Tom jamás se fijaría en alguien como Alberto.  La razón era simple: Alberto era demasiado perfecto para ella.

Pilares rotos (ella lo tenía todo)




Ciertamente,

Contigo lo tenía absolutamente todo.

Todo el amor y cariño,
Claramente comprensión,
Esa pasión en corpiño
Cero gramos de pretensión.

Pero la entrega que conoces
sin medida ni control,
fueron los pilares,




pilares rotos




pilares con pintura fresca,
pero esencialmente rotos.

Escondidos.

Y escondidos albergaban histeria y destrucción

Toda tu entrega
toda tu pasión

Irracional
Intencional

quince pastillas

Todo tu corazón,
desayuno líquido:
amarillo, verde


Toda tu dulzura
y todo tu amargor.

Embriagado en tu furor;

El Dragón Del Sol 27


Alberto


Ciudad Cereza se había convertido en una mampara de anuncios. El más grande colgaba del techo hacia la pared de la biblioteca principal. 

"¿Conoces a este sujeto?"

Los anuncios hablaban sobre la presencia de un ciber criminal en el Instituto. Héctor García había dejado muy claro que cualquier alumno que fuera descubierto apoyando al Dragón Del Sol sería suspendido.

"Todo esto es tan caótico que hasta resulta bello."

La gota que derramó el vaso fue la semana en que Héctor convocó a una reunión de seguridad a todos los estudiantes del campus. El nuevo protocolo era estricto, se habían instalado cámaras en puntos estratégicos, reforzado las barreras informáticas, duplicado los rondines en las noches y aumentado el personal que resguardaba la seguridad de los estudiantes. Para mí, todas estas nuevas medidas me parecían igual de ridículas que las anteriores.

"Intentan controlarlo, pero no se dan cuenta que es más grande que ellos."

Las cartas habían funcionado a la perfección. En promedio, recibía entre 10 y 15 solicitudes nuevas por correo electrónico. Las primeras peticiones eran sencillas, con el tiempo la complejidad de los casos se volvió mayor. Había mujeres abusadas que pedían mi ayuda, novias de narcotraficantes amenazadas, hombre desesperados al borde del suicidio y novios que resultaban tener una doble vida. Los alumnos me buscaban y no sólo ellos, también me contactaban profesores y madres angustiadas.

Mi vida era una marea de letras y confesiones, y en medio de todo ello estaba Tom Tom, con su sonrisa de niña alegrando mis días, limpiando la mugre incrustada en mi alma, el cochambre de mi espíritu podrido. Y me sentía culpable, me sentía culpable porque yo no merecía tanta bondad, no como la que ella me daba. No merecía su pureza estando tan sucio, mucho menos merecía poder mirarla a los ojos con los míos llenos de tantos secretos.

Ella no lo sabía, pero los jueves eran mis días favoritos. Era en esos días que salíamos temprano, caminábamos al parque y bebíamos té. Me miraba con sus ojotes cuando le explicaba algo que no entendía y yo la miraba como quien mira la obra más bella de arte. En ella todo era un arte sagrado, hasta la forma curiosa en la que arrugaba la nariz sin que ella lo notara.

Pero Tom Tom siempre aseguraba que no lo hacía.....

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El Dragón Del Sol 26

Tom Tom y Alberto



ÉL
Me miras, desciende la caricia más tierna convertida en recuerdo. Tus brazos me abren el paso a tus anhelos vedados. Se tiñen los mares del cielo y tu rostro se llena de furtivos afanes que me besan el cuerpo.

ELLA
Te miro, mis nudos me afianzan a este pringoso terreno. Tus nudillos me seducen con sus depurados puños de lírica y numen. Se pinta el suelo rugoso de mi explanada imperfecta y tus manos se colman de sonetos brillantes.

ÉL
Cuando estás, los pájaros emboscan la túnica de lapislázuli susana. Mis fibras acuden a tus raíces  robustas y me amarro a ellas porque no sé vivir. No sé vivir sin el tizne blancuzco de tu alegría. No sé vivir con esta manía de tenerte.

ELLA
Cuando estoy, me siento jaspeada y sucia. Mis nervios se aferran a él, pero mis ojos te miran sin pausa porque no sé perderte. No sé perder tu ternura inimitable. No sé perder la necesidad de besarte.

ÉL
Cuando te toco, lo hago con la voluntad de sentirte. Me gusta deslizarme imaginariamente por debajo de tus cejas, dibujar tu ciclópea curva, tu sonrisa que sale de mis dedos como si fuera la tinta de mi alma podrida. 

ELLA
Cuando me tocas yo lloro. Me fascina sentirte ficticiamente entre las torrecillas de mi cabello, estrecharte como a un gigante felpudo y contemplarte como si fueras la visión de mi alma perdida.

ÉL
Te beso en sueños. Te llevo al parque y bebemos té, me tomas las manos proclamando cariño. Tus rodillas miran al cielo desnudas y siento el roce de tu piernas tibias.

ELLA
Nos besamos en sueños. Me llevas al parque y tomamos té, me envuelves en tu loción de bergamota y limón, tus brazos desabrigados me protegen de mis más grandes miedos.

Te quiero.

Me quieres.

Nos queremos

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